Sostenibilidad y Patrimonio (2)


Cuando dirigí el Plan Maestro de la Habana Vieja, mi mayor preocupación fue acotar las condiciones necesarias para defender al Conjunto de los efectos de una organización turística que previsiblemente llegará con dinero y ansias de promoción a una ciudad muy necesitada de reparación y rehabilitación y que corre el riesgo,- y en este caso, de gran intensidad,- de pasar a ser el Parque Temático del Caribe. No sé si, llegado el momento, se respetarán las directivas que dimos, pero tengo la conciencia tranquila al respecto.

Porque la sostenibilidad de los edificios comienza por la ciudad. Trabajo actualmente en un Sistema de Gestión de Valoración de Espacios Urbanos, en el que la sostenibilidad tiene un papel importante. Fueron ciudades con propósitos sostenibles aquellas del sur en el que la sombra era un componente del diseño, o aquellas del norte en el que el componente era la lluvia y en las que los soportales eran una defensa imprescindible para edificios y habitantes. Mientras no hubo otra defensa contra las condiciones climatológicas, sólo undiseño sensato de las edificaciones sirvió como estrategia de sostenibilidad, pero cuando la técnica entró a formar parte de una sociedad capacitada para el derroche, cuestiones como orientación de las calles, direcciones de vientos dominantes, características climatológicas fueron obviadas en los nuevos trazados,  pensando en que la tecnología tenía respuestas contra las agresiones que todo ello podía comportar. Pero ha llegado el tiempo de las vacas flacas. Y sea enhorabuena si ello nos lleva a replantearnos la morfología de la ciudad, haciéndonos repensar las características del hábitat.

Si pasamos ahora a hablar sobre las edificaciones que constituyen el Patrimonio edificado protegido, hemos de comenzar diciendo que la ciudad con un importante patrimonio de este tipo, tiene, sin duda, una pesada carga de mantenimiento. Otra cosa es que realmente la soporte, o que la soporte sensatamente.

No es fácil encontrar una ciudad con unos Bienes Patrimoniales edificados en número importante, que sea capaz de mantenerlos y conservarlos de forma adecuada, simplemente  por un puro problema económico.

Siendo sensatos, debemos tender a intentar que los edificios se auto mantengan, y debemos trabajar en ese sentido. Para muchas corporaciones, entes y organismos oficiales, los edificios representativos han sido una tentación. Igual que para los bancos y las aseguradoras, porque un edificio representativo da una sensación de seriedad, de solvencia, que no otorga un normal edificio de oficinas.

Esto se me hacía patente cuando trabajaba llevando la Zona 10 del vigente Plan de Ordenación Urbana de Madrid. El lateral Oeste de La Castellana, que estaba en mi circunscripción, es un ejemplo demostrativo de esta forma de funcionar. Bancos y Compañías de Seguros,- la gente que necesita mayor confianza de su clientela,- han sentado sus reales en la zona, conservando, en lo posible, vestigios del esplendor de las construcciones pasadas. Se ayudan visual y ambientalmente unos a otros, consiguiendo esa imagen de respetabilidad que buscan.

La diferencia entre las entidades particulares y las oficiales, es que las primeras tienen en su presupuesto el mantenimiento de los edificios, y las segundas, raramente. O tienen unas cantidades insuficientes, lo que lleva a atender los problemas de conservación cuando estos han llegado a ser realmente graves y, con frecuencia, irreversibles. Tenemos el país lleno de edificios representativos oficiales faltos de los cuidados que aseguren su transmisión impoluta al futuro.

Sobre algunos se ha intervenido para poder usarlos con un determinado cometido, y han nacido recetas de gran lucimiento, de las que, sin duda, todos tenemos ejemplos en nuestras ciudades. Para palacios, conventos o grandes casas solariegas, si había dinero suficiente, se cubría el patio. Si no había tanto, se cerraban con vidrio las arcadas del claustro. En el primer caso se consigue un espacio en el que la relación m3/m2 resulta de una magnitud inadmisible. A cambio de obtener los m2 del patio,- en muchos casos destinados a actos sociales, conferencias o audiciones, es decir, a usos complementarios,-hemos obtenido una impresionante cantidad de m3 necesitados de climatizar. Y no olvidemos la detestable costumbre del aire caliente de situarse en lo más alto del espacio disponible.

En el segundo caso, hemos incorporado por confort una también importante cantidad de m3 a las necesidades de climatización del edificio. En ambos casos, nos hemos condenado a emplear una fortuna en energía cada año y para siempre. No puede hablarse de sostenibilidad.

La política del derroche representativo va contra la sostenibilidad y, por ende, contra la conservación del Patrimonio. Es necesario cambiar de dirección.

Como antes señalaba, el derecho al uso y disfrute del Patrimonio es algo incontrovertible. La obligación de su conservación, también. E igualmente el deber de su transmisión al futuro.

Pues trabajemos en ese sentido.

Empecemos por el uso y disfrute.  En un edificio transformado para albergar funciones administrativas, el elemento debe tener las características necesarias como para desarrollar en él una actividad básicamente sedente. Estamos hablando de oficinas, despachos, salas de reuniones, por lo que necesitamos un nivel de climatización al menos sensato, que no haga necesario quitarse ropa en invierno ni ponérsela en verano, situación más habitual de lo que parece. El problema está en que los edificios que estamos utilizando, o que deseamos utilizar para estos menesteres, suelen ser de techos altos, paredes masivas y escaso aislamiento del frio y el agua en sus zonas de asiento.

Vamos por ahora a ocuparnos de la climatización, porque es la piedra de toque en cuanto a costos fijos. He hecho una simulación simple de eficiencia energética sobre un edificio teórico de planta de 256 m2 y volumen total de 1024 m3, que corresponden a una altura de techo de 4 metros. He supuesto que el edificio tiene muros de piedra en dos hojas, de 70 centímetros totales de espesor, y cubierta convencional. Aplicando la herramienta oficial que nos proporciona el vigente Código Técnico de la Edificación, el deficiente, mal pensado y mal resuelto programa LIDER, he comparado esa situación inicial con la resultante de aislar simplemente las paredes de dicho edificio, es decir, la obra menos invasiva y dañina, así como la más económica. He colocado 8 cm de lana mineral y un panel de cartón yeso para dar un acabado perfectamente liso al interior. Ello me ha disminuido la superficie total de la edificación en 7,76 m2 y me ha rebajado las necesidades de climatización en un 9,7%.

Depende del tipo de calefacción y del combustible, pero haciéndolo fácil, si se emplease electricidad, el costo de la operación se hubiera amortizado en nueve meses. Obras algo más complicadas, como el aislamiento de la cubierta y una bien pensada colocación de falsos techos, pueden llevarnos a ahorros de energía superiores al 50%, con costos razonablemente amortizables. No sólo se puede actuar sobre el gasto con el aislamiento, sino también con las disminuciones de volumen y la organización funcional.

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