Sostenibilidad y Patrimonio (1)


Nuestro Patrimonio está compuesto por tres grupos patrimoniales:

a) Patrimonio Natural, las aguas, las tierras, el aire, los minerales, el mundo animal.

b) Patrimonio Cultural, lo realizado por el hombre a partir de su inteligencia con o sin el aprovechamiento de los medios naturales.

c) Patrimonio Mixto, las transformaciones que el hombre ha hecho sobre la naturaleza, los jardines, los paisajes transformados por talas, plantaciones, las acciones extractivas de minerales,  las acciones sobre el agua, los pozos, las presas, las alteraciones de cursos de ríos, los vestigios rupestres…

Como características básicas del Patrimonio, encontramos el derecho a disfrutarlo, la obligación de mantenerlo y conservarlo y el deber de transmitirlo al futuro.

Si nos detenemos en la definición de sostenibilidad dada por  el Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Comisión Brundtland en 1987):

“Es el desarrollo que satisface las necesidades actuales
de las personas sin comprometer la capacidad
de las futuras generaciones para satisfacer las suyas.”[1]

Hay una gran conexión entre la idea de la conservación del Patrimonio y la de Sostenibilidad.

Si nos atenemos al tema de esta conferencia, hemos de tocar, básicamente, los aspectos del Patrimonio Urbano y de modo especial aquellos Bienes Patrimoniales que tienen, por sus valores, la característica de Protegidos, según las leyes vigentes.

Pueden ser barrios o pueblos enteros, edificios o grupo de edificaciones y jardines.

Si hablamos de conjuntos,- normalmente apellidados “históricos”, con gran impropiedad, porque tan históricos son Brasilia, Chandigarh o las New Town inglesas como Santillana del Mar o Cartago,-  nos encontramos con el primer problema, el primer choque entre la sostenibilidad y el cuidado de nuestro Patrimonio Urbano, porque una de las ambiciones de estos conjuntos es su desarrollo.

Hay mucha gente que señala que el binomio “desarrollo sostenible” constituye un oxímoron, es decir, la unión de dos conceptos contrapuestos, una contradicción en suma, una manipulación de los “desarrollistas”, de los partidarios del crecimiento económico, que pretenden hacer creer en su compatibilidad con la sostenibilidad ecológica (Naredo, 1998; García, 2004; Girault y Sauvé, 2008).

Cuando las autoridades locales están apoyando el desarrollo del ente urbano a través del turismo propiciado por una Declaración, según nuestra legislación, de “Conjunto Histórico- Artístico”, o, en su caso, la Declaración de “Ciudad Patrimonio de la Humanidad”, en la acepción de UNESCO, no están pensando básicamente en la oportunidad de conservar y transmitir dignamente el Patrimonio recibido, sino en los beneficios económicos que la explotación producirá. Y ello nos lleva a la creación de parques temáticos tan estereotipados como pueden ser Euro Disney o la Warner, con tabernas y mesones, trajes regionales en los empleados de hostelería, decoraciones etnológicas y, lo que es más grave, arquitecturas miméticas que van convirtiendo al conjunto en una deplorable imitación de sí mismo. Estas actuaciones tiene, además, una característica que pasa desapercibida. Como, por puro momento histórico, los Conjuntos protegidos tienen como motivo la característica común de estar desarrollados en época preindustrial, los materiales utilizados a través de siglos han sido los mismos: los disponibles en la proximidad. No obstante, quedándose en la forma, se está despreciando el contenido cultural que significan los cambios de estilos y planteamientos arquitectónicos y urbanísticos, movidos tanto por la idea como por la técnica.

Nuestros antepasados trabajaron siempre,- o casi siempre,- según su momento. Y se da la paradoja de que, si hubiera existido una de nuestras Comisiones de Patrimonio en la antigüedad, nunca se hubiera construido el barroco jesuítico de La Clerecía de Salamanca, frente a la Casa de las Conchas, un inmueble gótico reformado para convertirlo en un renacimiento Reyes Católicos como regalo de boda entre un Maldonado y una Pimentel, de cuyo escudo nacen las veneras que adornan la fachada de la casa. Casa que la Comisión del Patrimonio no hubiera dejado reformar, dado que se alteraban las angostas ventanas y las puertas de menos de dos metros de altura por grandes aberturas a la calle y generosos pasos entre habitaciones.

Como inciso, quiero hacer notar con qué naturalidad se contempla y acepta la colocación de faroles fernandinos en conjuntos medievales, mientras que existen reticencias en el uso de luminarias actuales. Al parecer, el anacronismo, si lo es tanto para el pasado como para el presente, es admisible.

Ese proceder que describo, no significa, desde luego, sostenibilidad. Porque, además, la experiencia nos dice que suele existir transformación del tejido urbano,- parte constitutiva del Patrimonio de la ciudad,- a fin de,- por poner ejemplos tomados de la realidad, mejorar la contemplación de la fachada de una edificación singular, alterando aspecto y propósito inicial, pongo por caso.

La vista de estas acciones está puesta en el turismo, que, una vez obtenida una cierta patente, es la gallina de los huevos de oro. Intentando suavizar el impacto, el Ministerio de Medio Ambiente y la Fundación Biodiversidad de Iberia, en una actitud algo cándida, pusieron en marcha el “Decálogo del Turista”, que tenía por objeto la sensibilización y la concienciación de los ciudadanos, promoviendo conductas responsables y buenas prácticas ambientales durante las vacaciones de verano.

Iberia colocó un folleto divulgativo en los bolsillos de los asientos de los aviones durante el periodo estival de 2006. Esas piezas contenían un decálogo sobre turismo sostenible con consejos prácticos para que los turistas se concienciasen de lo que debían o no hacer en sus destinos y por qué sus acciones podían poner en peligro la riqueza biológica del lugar que se visita. Las “Diez recomendaciones para un turismo sostenible” eran:

1. Al planificar su viaje, elija aquellos proveedores que le ofrezcan garantías de calidad y de respeto a los derechos humanos y al medio ambiente.

(Una recomendación difícil de cumplir, cuando la costumbre más extendida es elegir el más barato de los vuelos “low cost”)

2. Utilice los recursos naturales, como el agua y la energía, con moderación. Recuerde que son bienes escasos.

(No está muy claro por qué se recomienda esto al “turista”. ¿Se supone que cuando está en su casa no lo hace?)

3. Trate de minimizar la generación de residuos. Son una fuente de contaminación.

(Vale lo dicho en el punto anterior)

4. Cuando tenga que deshacerse de un residuo, hágalo de la manera más limpia que le facilite su lugar de destino.

(Falta fe en el viajero. Se supone que en su casa tira la basura por la ventana)

5. En un espacio natural procure que la única huella que deje atrás sea la de su calzado.

(Ni se le ocurra aportar nada positivo. Ni conocimientos, ni conversaciones, ni invitaciones. Ni siquiera un beso)

6. Si visita ecosistemas sensibles, como arrecifes de coral o selvas, infórmese de cómo hacerlo para causar el menor impacto posible y no degradarlos.

(Este punto tiene sentido)

7. Al comprar regalos y recuerdos busque productos que sean expresión de la cultura local. Favorecerá la economía de los pueblos que le acogen y la diversidad cultural.

(Lástima que, como me ha ocurrido en el Caribe, el recuerdo local comprado ostentase la leyenda “Made in Taiwan”)

8. No adquiera flora y fauna protegida por el Convenio de Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), ni productos derivados de dichas especies. Es un delito y contribuye a su extinción.

(Este punto también tiene sentido y es digno de remarcar)

9. En su destino disfrute conociendo la cultura, costumbres, gastronomía y tradiciones de las poblaciones locales. Respételas y acérquese a ellas, tienen mucho que contarle.

  1. 10.         Trate de contribuir con su presencia al desarrollo de un turismo responsable y sostenible, construyendo con su viaje un planeta más saludable y solidario.

(Estos puntos de buena voluntad son dignos de encomio)

Siguiendo estas diez recomendaciones el turista contribuirá a conservar la riqueza biológica de la Tierra y a mejorar las oportunidades de desarrollo de muchas personas.

Mi impresión particular y la experiencia en el tema me dicen que el desarrollo por la vía  del turismo, , va,- en el 99 por ciento de los casos,- contra la sostenibilidad.


[1] Globalidad, integración, límites, participación y justicia son las piezas que integran el complejo puzzle del desarrollo sostenible. A partir de estas piezas, los principios concretos que definirían una acción política basada en la sostenibilidad serían: a) la integración del factor ambiental en una política global y en cada uno de los programas sectoriales, regionales o locales de desarrollo; b) la proyección ambiental del futuro en políticas concretas, en programas y en instrumentos de gestión adecuados; c)la aceptación de los límites del crecimiento; d) la compatibilidad de los proyectos a corto plazo con un plan de desarrollo a medio y largo plazo; e) la justicia ambiental representada por la equidad en el acceso de todas las personas a los recursos naturales; f) el derecho a la información ambiental y a la participación de todos los sectores implicados en la elaboración y ejecución de políticas públicas en el seno de un marco democrático; g) los recursos naturales no son ilimitados; h) la virtualidad concreta de la economía de mercado, de sus límites y de sus perversiones; i) los intercambios deben regirse por precios que representen los costes reales –productivos, sociales y ambientales- de los productos o servicios; j) la solidaridad entre los pueblos y las culturas

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