Otra ciudad


Una gran ciudad deja de ser grande cuando se vive en ella. La propia actividad, las obligaciones consuetudinarias, reducen de tamaño el excesivo plano que el turista despliega con veneración, intentando comprender, a través de la deformada tela de araña, el entorno en sus tres dimensiones, que pasan a ser inmediatamente cuatro cuando comienzan a programarse actividades para rellenar productivamente el tiempo disponible.

Para el habitante, gran parte de la gran ciudad no existe. Nunca ha estado allí y no espera ir nunca. Por el momento, al menos, no ve motivo alguno para emplear el tiempo y el dinero necesarios para llegar hasta un lugar que no le ofrece atractivo alguno y exige otra dosis de dinero y tiempo para salir de él.

Cada individuo tiene, en la gran ciudad, su entorno perfectamente delimitado. No como un continuum espacial, sino como el puzle formado por ámbitos diversos que se conectan a través de los minutos o las horas empleados para unirlos, envasados en el recipiente metálico del autobús, el metro o el automóvil. El espacio próximo está delimitado por los caminos que conducen a las comunicaciones diarias, la calle propia, las manzanas colindantes, con sus bordes, el lugar de trabajo. Salir a dar un paseo, a tomar el fresco, a beber una cerveza son actividades que marcan senderos específicos que se hacen camino al ser andados muchas veces al año. El espacio cercano lo definen los entornos de las casas de los parientes, los afectos, las ideas y creencias, las aficiones, los amigos, los sitios de reunión establecidos. El espacio eventual lo marcan lugares de ocio posibles, los tanatorios y cementerios, los hospitales.

Todos estos espacios, estos ámbitos unidos, conforman la ciudad personal, cuyo tamaño nada tiene que ver con el de la gran ciudad base. La suma de las ciudades personales de todos los habitantes conforma la gran ciudad. Y no hay dos ciudades personales idénticas, porque aun en parejas de individuos con el mismo centro de trabajo, los mismos amigos, los mismos lugares de reunión, siempre habrá alguna actividad no compartida o, lo que es lo mismo en cuanto a la conformación de la ciudad propia, alguna actividad compartida por obligación, alguna actividad coaccionada cuyo ámbito no merece entrar en la composición de la ciudad personal.

Cuando una masa de público se concentra en un espectáculo, un concierto, un partido de futbol, podría definirse una nueva ciudad aglomerando las ciudades personales de los espectadores. Esta ciudad sería, posiblemente, seguramente, otra gran ciudad que excluiría a sectores sin capacidad adquisitiva o sin apetencias para acceder a ese tipo de eventos. Un concierto de música clásica, una representación de ópera, daría una ciudad relativamente restringida que sufriría grandes claros al superponerla al plano del turista.

La mezcla de nacionalidades da la sugerente posibilidad de mezclar la ciudad real con la ciudad virtual del recuerdo. El inmigrante trae con él su más o menos lejana ciudad personal, que ha de dejar paso al nuevo hábitat que se impone en su realidad de cada día, fingiendo, al principio, similitudes que poco a poco se van diluyendo en detrimento de la nostalgia. El ser humano que comparte, por razón de trabajo, por circunstancias de vida, dos ciudades es, realmente, dos personas, porque no se pueden tener dos ciudades personales, a no ser que su cabeza sea capaz de unirlas formando un híbrido que se desdoble alternándose en ciudad real y ciudad virtual. Interesante situación, por otra parte, comparable a un fenómeno onírico y, posiblemente, favorable para el individuo, al permitirle desplazar su estado de ánimo de acuerdo con sus necesidades síquicas.

La ciudad personal crece con los fenómenos en los que el individuo se ve implicado. Un tema como la unión con una pareja, amplía el ámbito, incorporando parte del espacio cercano  al espacio próximo. La ruptura de esa relación desdibuja un sector del espacio próximo e, incluso, del espacio cercano, constituyendo una parcela cercada cuyos componentes, previsiblemente, se irán difuminando hasta que sea la cerca el único vestigio de ese espacio.

Y, naturalmente, cada espacio tiene un contenido cultural que, careciendo de bordes materiales, contagiará al resto de los espacios en la proporción que en cada caso sea posible. Si volvemos al fenómeno de la pareja, el espacio cercano convertido en próximo traerá consigo la carga cultural que le es propia. El individuo asimilará parte de esa carga y puede suceder que, acabada la relación, el vestigio que reste sea puramente cultural, persistiendo a pesar de la desaparición de lo acotado por la cerca que aísla lo acabado. Lo acabado, con sus recuerdos entra en una ciudad virtual de iguales características que la abandonada por el emigrante y con mayor o menor fuerza en relación con el impacto sicológico que el abandono de lo acabado haya producido.

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