Un libro que cambio mi vida


No es fácil decidir qué sucesos han cambiado tu vida, aunque al llegar a la vejez contabilizas tantas alternativas causantes de tantas equivocadas decisiones que podrías hacer un abrumador listado de posibles focos de cambio. Sin embargo, al plantearme la pregunta inquiriendo qué libro cambió mi vida, inmediatamente apareció la imagen del hoy un viejo tomo, que lucía radiante allá por 1948, a mis doce años.

Puede pensarse que la experiencia de vida de poco más de una década carecería de carga suficiente como para experimentar un cambio, pero considero que marcar una dirección determinada que iba a condiconar mi futuro tiene importancia suficiente como para considerar ese libro como la base de un cambio.

Me lo regaló mi padre en mi duodécimo cumpleaños, en 1948. Tenía una sobrecubierta de papel brillante con el dibujo de un bisonte de Altamira, que, hoy desaparecida, se hace recordar por la estampación del mismo bisonte sobre la tapa de cartón. El libro pesaba haciéndose notar sobre las manos al abrirlo, con sus setecientas nueve páginas, aparte de dibujos tanto en negro como en color, luciendo en las guardas anteriores unos esquemas que rezan: “Si conserváis bien grabado en la mente este bosquejo general de las artes, nunca andaréis descaminados”, mientras en las posteriores presenta: “También podéis recordar los períodos del arte asociándolos con los vestidos que llevaba la gente”.

Reparada mediante cinta adhesiva, una tabla que comprende las tendencias artísticas desde el siglo XII al XIX. El libro, ya es hora de decir su nombre, “Las Artes”, de Hendrik Willem Van Loon, en la edición española de 1946, traducida por Mario Ruiz Ferrán y comprado, según un discreto sello, en la librería Pueyo, Puerta del Sol 1 en Madrid.

Recuerdo que nada más verlo, me pareció un tesoro. Tenía tal ansiedad por comenzar a leerlo, que, en mi precipitación, rasgué ligeramente la tabla desplegable a la que antes me refería, originando con ello el daño ya mencionado que ocasionarían múltiples aperturas. El libro me fascinó. La habilidad del autor para mantener una narración coloquial, siempre seriamente planteada y para presentar el arte como un camino con el que recorrer la historia de la humanidad me convencieron de que ese itinerario era el que debía seguirse para entender todo lo que había sucedido hasta ese día de mi cumpleaños y el que me permitiría caminar en adelante. Lo consulté muchas veces.

Ahora, superados mis ochenta años, ya apenas ejerciendo mi profesión de arquitecto,  he vuelto la vista atrás para sacar del estante de una de  mis librerías,- porque hasta hoy me ha acompañado,- el libro que cambió mi vida orientándola.

Volver a leerlo será un magnífico epílogo.

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