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Temas relacionados con el Patrimonio arquitectónico y Urbanístico

Patrimonio Rentable

El Gobierno regional pretende reformar la Ley de Patrimonio Histórico, vigente desde hace 15 años, con el fin de conjugar la protección cultural de los edificios con la promoción de la actividad económica en la región.

Desde la Comunidad de Madrid consideran que la actual ley se ha quedado obsoleta y necesita ciertas modificaciones. El objetivo es que la protección de los edificios y los extensos trámites burocráticos que requiere la legislación no sean un obstáculo que haga que los inversores interesados en proyectos en la región den marcha atrás.

Son muchas las empresas interesadas en montar negocios en estos edificios protegidos, principalmente situados en el centro de la capital. Uno de los últimos casos es el del Palacio de la Música, en plena Gran Vía, ahora mismo inutilizado y sobre el que han puesto sus ojos varios grupos textiles. El nuevo anteproyecto de ley, que el Consejo de Gobierno podría aprobar este jueves, establece importantes novedades.

Hasta aquí la noticia, que me alegra. Llevo cuarenta años defendiendo que los elementos patrimoniales deben ser capaces de mantenerse por sí mismos. Es necesaria legislación e imaginación a fin de dejar de ver cómo languidecen, se ajan y destruyen elementos “protegidos” mediante la política del “NO”. La tendencia a una política de inactividad relacionada con el Patrimonio Arquitectónico ha costado ya demasiadas víctimas. Históricamente, los elementos patrimoniales se han aprovechado para el presente y sus circunstancias, y eso es lo social y culturalmente correcto. En vez de utilizar los vestigios del pasado, se ha preferido imitarlos con fines turísticos en edificaciones de nueva planta, despreciando las posibilidades de lo existente. Y así es nuestra historia.

Espero con ansiedad lo que la política puede hacer de una decisión saludable.

 

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Otra ciudad

Una gran ciudad deja de ser grande cuando se vive en ella. La propia actividad, las obligaciones consuetudinarias, reducen de tamaño el excesivo plano que el turista despliega con veneración, intentando comprender, a través de la deformada tela de araña, el entorno en sus tres dimensiones, que pasan a ser inmediatamente cuatro cuando comienzan a programarse actividades para rellenar productivamente el tiempo disponible.

Para el habitante, gran parte de la gran ciudad no existe. Nunca ha estado allí y no espera ir nunca. Por el momento, al menos, no ve motivo alguno para emplear el tiempo y el dinero necesarios para llegar hasta un lugar que no le ofrece atractivo alguno y exige otra dosis de dinero y tiempo para salir de él.

Cada individuo tiene, en la gran ciudad, su entorno perfectamente delimitado. No como un continuum espacial, sino como el puzle formado por ámbitos diversos que se conectan a través de los minutos o las horas empleados para unirlos, envasados en el recipiente metálico del autobús, el metro o el automóvil. El espacio próximo está delimitado por los caminos que conducen a las comunicaciones diarias, la calle propia, las manzanas colindantes, con sus bordes, el lugar de trabajo. Salir a dar un paseo, a tomar el fresco, a beber una cerveza son actividades que marcan senderos específicos que se hacen camino al ser andados muchas veces al año. El espacio cercano lo definen los entornos de las casas de los parientes, los afectos, las ideas y creencias, las aficiones, los amigos, los sitios de reunión establecidos. El espacio eventual lo marcan lugares de ocio posibles, los tanatorios y cementerios, los hospitales.

Todos estos espacios, estos ámbitos unidos, conforman la ciudad personal, cuyo tamaño nada tiene que ver con el de la gran ciudad base. La suma de las ciudades personales de todos los habitantes conforma la gran ciudad. Y no hay dos ciudades personales idénticas, porque aun en parejas de individuos con el mismo centro de trabajo, los mismos amigos, los mismos lugares de reunión, siempre habrá alguna actividad no compartida o, lo que es lo mismo en cuanto a la conformación de la ciudad propia, alguna actividad compartida por obligación, alguna actividad coaccionada cuyo ámbito no merece entrar en la composición de la ciudad personal.

Cuando una masa de público se concentra en un espectáculo, un concierto, un partido de futbol, podría definirse una nueva ciudad aglomerando las ciudades personales de los espectadores. Esta ciudad sería, posiblemente, seguramente, otra gran ciudad que excluiría a sectores sin capacidad adquisitiva o sin apetencias para acceder a ese tipo de eventos. Un concierto de música clásica, una representación de ópera, daría una ciudad relativamente restringida que sufriría grandes claros al superponerla al plano del turista.

La mezcla de nacionalidades da la sugerente posibilidad de mezclar la ciudad real con la ciudad virtual del recuerdo. El inmigrante trae con él su más o menos lejana ciudad personal, que ha de dejar paso al nuevo hábitat que se impone en su realidad de cada día, fingiendo, al principio, similitudes que poco a poco se van diluyendo en detrimento de la nostalgia. El ser humano que comparte, por razón de trabajo, por circunstancias de vida, dos ciudades es, realmente, dos personas, porque no se pueden tener dos ciudades personales, a no ser que su cabeza sea capaz de unirlas formando un híbrido que se desdoble alternándose en ciudad real y ciudad virtual. Interesante situación, por otra parte, comparable a un fenómeno onírico y, posiblemente, favorable para el individuo, al permitirle desplazar su estado de ánimo de acuerdo con sus necesidades síquicas.

La ciudad personal crece con los fenómenos en los que el individuo se ve implicado. Un tema como la unión con una pareja, amplía el ámbito, incorporando parte del espacio cercano  al espacio próximo. La ruptura de esa relación desdibuja un sector del espacio próximo e, incluso, del espacio cercano, constituyendo una parcela cercada cuyos componentes, previsiblemente, se irán difuminando hasta que sea la cerca el único vestigio de ese espacio.

Y, naturalmente, cada espacio tiene un contenido cultural que, careciendo de bordes materiales, contagiará al resto de los espacios en la proporción que en cada caso sea posible. Si volvemos al fenómeno de la pareja, el espacio cercano convertido en próximo traerá consigo la carga cultural que le es propia. El individuo asimilará parte de esa carga y puede suceder que, acabada la relación, el vestigio que reste sea puramente cultural, persistiendo a pesar de la desaparición de lo acotado por la cerca que aísla lo acabado. Lo acabado, con sus recuerdos entra en una ciudad virtual de iguales características que la abandonada por el emigrante y con mayor o menor fuerza en relación con el impacto sicológico que el abandono de lo acabado haya producido.

Sostenibilidad y Patrimonio (3)

Pasando a la conservación y mantenimiento, un edificio cualquiera,- y más un elemento de nuestro acervo patrimonial,- exige un análisis de características que lleve a un programa de inversiones tendentes, por un lado a corregir daños existentes y por otro a evitar daños futuros, lo que en un Sistema de Gestión de Calidad llamaríamos Acciones Correctivas y Acciones Preventivas. Es decir, exige un presupuesto razonado tan importante como el generado para prever los gastos de explotación, a fin de evitar gastos sorpresa, no contemplados y de tipo catastrófico o semi-catastrófico.

El instrumento que tenemos a mano para organizar este presupuesto, y del que luego hablaremos algo más,  es la especificación técnica GVE.(Gestión de Valor del Edificio)

Esta especificación ha sido publicada este mismo año de 2011 por AENOR, la Asociación Española de Normalización y Certificación, y contiene el método de valoración de inmuebles, dentro de un Sistema de Gestión de la Calidad.

La idea es que, siguiendo el postulado de la Gestión de Calidad, el PLAN, DO, CHECK, ACT, (Planificar, Hacer, Comprobar y Actuar), analizar el edificio y darle una determinada puntuación según su estado, a fin de que, realizando el proceso, pueda hacerse un plan de acción, llevarlo a cabo, chequear sus resultados y actuar corrigiendo lo necesario, comenzando de nuevo el ciclo en un afán de mejora continuada. Las sucesivas puntuaciones de ciclos posteriores irán indicando si las medidas que se están tomando resultan efectivas, cosa que también reflejarán los resultados económicos anuales del edificio.

El tema de la sostenibilidad con su matiz económico ha llegado a calar en el mundo empresarial, y una ciudad, la administración de una ciudad tiene una parte técnica que no se aleja demasiado del funcionamiento de una empresa. Al fin y al cabo, en la cultura anglosajona existe la figura del City Manager, que se ocupa empresarialmente de ciudades sobre los 300.000 habitantes.

El Desarrollo Integral Sostenible (DIS) es un nuevo enfoque de gestión empresarial que busca desarrollar en las organizaciones la capacidad de “re” descubrir el valor agregado de sus actividades y definir estrategias de innovación que incorporen los requisitos ambientales y sociales.

Bajo este enfoque, la empresa procura minimizar la cantidad de recursos utilizados mientras que maximiza la creación de valor económico, social y ambiental y se satisfacen las necesidades y requerimientos de sus grupos de interés (“stakeholders”).

La visión del Desarrollo Sostenible en las empresas va más allá del cumplimiento de regulaciones ambientales, la implementación de conceptos de producción más limpia o políticas de recursos humanos. El objetivo es lograr un equilibrio entre las dimensiones social, económica y ambiental para asegurar la continuidad de la empresa en el largo plazo.

Y por último tenemos que contemplar el deber de transmitir nuestro Patrimonio al futuro. Si todo ha ido bien, si hemos sido capaces de armonizar nuestros presupuestos con las necesidades del edificio, este último rubro está salvado, habiendo marcado, además, un camino para que sea posible la continuidad del proceso. Pero, ¿qué sucede si las cuentas no cuadran? Si el uso que podemos dar al elemento es incapaz de rendir sus gastos de explotación y mantenimiento, si las obras necesarias para ello están fuera de nuestro alcance, el porvenir del elemento patrimonial es el de una progresiva degradación que le lleven camino de la ruina. Usarlo en estas circunstancias, posiblemente agudice sus problemas, aparte de significar una carga insoportable.

No podemos abandonarlo, porque su conservación entra dentro de nuestras obligaciones, así es que habremos de tomar medidas extremas que, quedando al alcance de nuestra economía, consigan la pervivencia del elemento. Hace ya cuarenta años que propuse esto por primera vez en público, y quizás haya llegado la hora de llevarlo a cabo.

Hay que pensar en empaquetar el edificio para enviarlo al futuro.

Puede sonar como una broma o una propuesta más o menos ocurrente, pero pienso sinceramente que es la única solución. No es un trabajo sencillo y requiere un cuidadoso estudio de a qué niveles de protección se debe llegar, cómo actuar para conseguirlos, qué cadencia de inspecciones será necesaria tras el tratamiento y, en general, la planificación que debe llevar cualquier proyecto arquitectónico.

Habrá que comenzar por detectar los problemas existentes y las amenazas latentes, es decir, en lenguaje de la Calidad, determinar las Acciones Correctivas y las Acciones Preventivas. Luego, decidir con qué intensidad va actuarse sobre las labores correctivas, ya que los problemas pueden resolverse yendo desde un simple apuntalamiento convenientemente protegido y vigilado en el tiempo, hasta una inevitable consolidación parcial. Las posibilidades económicas y lo acuciante del problema serán determinantes. Las Acciones preventivas podrán ir desde la oclusión de huecos, el montaje de un sistema de aireación para espacios cerrados, el desmontaje de piezas de difícil protección in situ, el forrado de áreas sensibles, la protección general de la cubierta, el sistema de evacuación de aguas de lluvia o subterráneas, es decir, acciones que se adelanten a los posibles daños previsibles. Un rígido calendario de inspecciones culminará el proceso. Y como sugerencia, habilitar un pequeño espacio visitable, en el vestíbulo o en el acceso previsto para inspecciones, a fin de mostrara el edificio con fotografías, videos o realidad virtual y disponer de folletos con el resumen histórico de la edificación.

La alternativa es dejar que el edificio se arruine e ir gastando dinero en reparaciones por daños que signifiquen riesgos, para acabar transmitiendo al futuro un cadáver viviente. O, también como alternativa, derribar el edificio y prescindir de su transmisión al futuro. Pero ello, sin duda, está fuera del entorno de la sostenibilidad.

Esto nos lleva de nuevo al GVE.

¿Cómo asegurarnos de que nuestros edificios patrimoniales,- y ya independientemente de sus características artísticas, pero con particular incidencia en los que las tengan,- están recibiendo el cuidado que va a permitirles sobrevivir siendo, además,  sostenibles?

La especificación técnica GVE se ocupa de puntuar el valor de un edificio desde los puntos de vista de:

–      La Energía

–      Los Materiales

–      El Mantenimiento

–      La Accesibilidad

–      La Documentación Técnica

–      La Utilización

–      La Seguridad

A través de más de veinte tablas – cuestionario analiza las características del edificio con profundidad suficiente como para llegar a una puntuación fiable, que, al estar descompuesta en distintos rubros, permite detectar las áreas de mejora.

El mecanismo está basado en el Sistema de Gestión de Calidad, como se indicaba antes, y propone, según su base de partida, un proceso de mejora continuada.

Tiene, incluso, una clasificación de edificios, según su puntuación, lo que permite establecer jerarquías que, en el caso de los Elementos Monumentales, deberán ser corregidas mediante consideraciones de singularidad. Cuando dirigí el Plan Especial del Barrio Antiguo de Salamanca, y precisamente a fin de sugerir inversiones prioritarias, hice un intento de clasificación de elementos monumentales por su importancia, reuniendo a una serie de expertos en Arte, Arquitectura y Comunicación y sometiéndoles a un test de clasificación motivada, que resultó muy interesante. Algo de este tipo sería un ingrediente más para el establecimiento jerárquico de prioridades, ya que el dinero no es infinito,- en contra de lo que Ayuntamientos, Comunidades Autónomas y Gobierno de la Nación han pretendido en nuestro pasado reciente,- y, en muchas ocasiones habrá que decidir qué necesidades atender en primer lugar.

Las clasificaciones A, doble A y triple A propuestas por la especificación técnica y corregidas con un parámetro o unos parámetros de singularidad, pueden dar la ayuda necesaria.

No quiero dejar de nombrar el programa CERMA R, desarrollado por el Instituto Valenciano de la Edificación, que permite analizar las condiciones energéticas de un edificio existente, de cara a su rehabilitación. Como su antecesor CERMA, un magnífico programa, de gran utilidad para conocer en qué puntos debe actuarse con más intensidad, a fin de conseguir la máxima rentabilidad en la mejora energética.

El programa pide una cantidad de datos, rigurosa y sagazmente agrupados, diferenciando plantas, huecos, orientaciones, características constructivas, materiales, etc., dentro de un área geográfica nacional cuyas características recoge la base de datos del programa.

Se ocupa también del entorno, pidiendo alturas y distancias de edificios en diferentes orientaciones, a fin de controlar la incidencia de las sombras, así como las interconexiones entre espacios habitados o no habitados, ambientes húmedos, pisos en contacto con suelo o con el exterior, etc.

Los resultados más destacados son: detalle de la estimación de la calificación global y de las calificaciones asignadas a calefacción, refrigeración; demanda mensual y anual de energía de calefacción, refrigeración y ACS; consumo de energía (energía final) mensual y anual de calefacción, refrigeración y ACS; emisiones de CO2 fósil mensual y anual de calefacción, refrigeración y ACS.

La parte más interesante dl programa viene de mano del apartado del análisis, en el que se contempla, en primer lugar, la cantidad de CO2 emitida, se indica qué elementos  y en qué cuantía la produce, y sugiere soluciones para reducir las emisiones.

De la misma manera va contemplando diferentes aspectos y, finalmente realiza la comparación entre el edificio inicial y el rehabilitado.

El programa emite 5 tipos de informes distintos:

  • • Informe de evaluación energética edificio existente
  • • Informe de evaluación energética edificio rehabilitado
  • • Mejoras posibles (edificio existente)
  • • Mejoras posibles (edificio rehabilitado)
  • • Informe Comparativa de ahorros estado actual-estado mejorado.

La herramienta base, el CERMA que estamos utilizando para decidir sobre proyectos para edificios de nueva planta, está funcionando ya desde hace algún tiempo y puedo asegurar que resulta utilísimo, con la buena noticia de que está aceptado oficialmente, pudiendo olvidarnos del LIDER.

El CERMA-R, al que me estoy refiriendo, está en su versión beta, pero merece la pena aplicarlo.

La sostenibilidad de nuestro Patrimonio edificado ha pasado a ser un problema básicamente técnico, en el que el diseño de las soluciones y apariencias finales tiene un reto de primera categoría, con el uso de un lenguaje arquitectónico de muy diferentes exigencias al que se ha estado empleando en las rehabilitaciones espectaculares.

Y los políticos habrán de aprender que este nuevo lenguaje es el que es necesario hablar de ahora en adelante, si queremos que nuestros elementos patrimoniales tengan el carácter de sostenibilidad que permita conservarlos y transmitirlos al futuro.

Y, para acabar, recordar el principio básico de la Calidad:

” El que no intenta ser mejor cada día, deja de ser bueno.”

Sostenibilidad y Patrimonio (2)

Cuando dirigí el Plan Maestro de la Habana Vieja, mi mayor preocupación fue acotar las condiciones necesarias para defender al Conjunto de los efectos de una organización turística que previsiblemente llegará con dinero y ansias de promoción a una ciudad muy necesitada de reparación y rehabilitación y que corre el riesgo,- y en este caso, de gran intensidad,- de pasar a ser el Parque Temático del Caribe. No sé si, llegado el momento, se respetarán las directivas que dimos, pero tengo la conciencia tranquila al respecto.

Porque la sostenibilidad de los edificios comienza por la ciudad. Trabajo actualmente en un Sistema de Gestión de Valoración de Espacios Urbanos, en el que la sostenibilidad tiene un papel importante. Fueron ciudades con propósitos sostenibles aquellas del sur en el que la sombra era un componente del diseño, o aquellas del norte en el que el componente era la lluvia y en las que los soportales eran una defensa imprescindible para edificios y habitantes. Mientras no hubo otra defensa contra las condiciones climatológicas, sólo undiseño sensato de las edificaciones sirvió como estrategia de sostenibilidad, pero cuando la técnica entró a formar parte de una sociedad capacitada para el derroche, cuestiones como orientación de las calles, direcciones de vientos dominantes, características climatológicas fueron obviadas en los nuevos trazados,  pensando en que la tecnología tenía respuestas contra las agresiones que todo ello podía comportar. Pero ha llegado el tiempo de las vacas flacas. Y sea enhorabuena si ello nos lleva a replantearnos la morfología de la ciudad, haciéndonos repensar las características del hábitat.

Si pasamos ahora a hablar sobre las edificaciones que constituyen el Patrimonio edificado protegido, hemos de comenzar diciendo que la ciudad con un importante patrimonio de este tipo, tiene, sin duda, una pesada carga de mantenimiento. Otra cosa es que realmente la soporte, o que la soporte sensatamente.

No es fácil encontrar una ciudad con unos Bienes Patrimoniales edificados en número importante, que sea capaz de mantenerlos y conservarlos de forma adecuada, simplemente  por un puro problema económico.

Siendo sensatos, debemos tender a intentar que los edificios se auto mantengan, y debemos trabajar en ese sentido. Para muchas corporaciones, entes y organismos oficiales, los edificios representativos han sido una tentación. Igual que para los bancos y las aseguradoras, porque un edificio representativo da una sensación de seriedad, de solvencia, que no otorga un normal edificio de oficinas.

Esto se me hacía patente cuando trabajaba llevando la Zona 10 del vigente Plan de Ordenación Urbana de Madrid. El lateral Oeste de La Castellana, que estaba en mi circunscripción, es un ejemplo demostrativo de esta forma de funcionar. Bancos y Compañías de Seguros,- la gente que necesita mayor confianza de su clientela,- han sentado sus reales en la zona, conservando, en lo posible, vestigios del esplendor de las construcciones pasadas. Se ayudan visual y ambientalmente unos a otros, consiguiendo esa imagen de respetabilidad que buscan.

La diferencia entre las entidades particulares y las oficiales, es que las primeras tienen en su presupuesto el mantenimiento de los edificios, y las segundas, raramente. O tienen unas cantidades insuficientes, lo que lleva a atender los problemas de conservación cuando estos han llegado a ser realmente graves y, con frecuencia, irreversibles. Tenemos el país lleno de edificios representativos oficiales faltos de los cuidados que aseguren su transmisión impoluta al futuro.

Sobre algunos se ha intervenido para poder usarlos con un determinado cometido, y han nacido recetas de gran lucimiento, de las que, sin duda, todos tenemos ejemplos en nuestras ciudades. Para palacios, conventos o grandes casas solariegas, si había dinero suficiente, se cubría el patio. Si no había tanto, se cerraban con vidrio las arcadas del claustro. En el primer caso se consigue un espacio en el que la relación m3/m2 resulta de una magnitud inadmisible. A cambio de obtener los m2 del patio,- en muchos casos destinados a actos sociales, conferencias o audiciones, es decir, a usos complementarios,-hemos obtenido una impresionante cantidad de m3 necesitados de climatizar. Y no olvidemos la detestable costumbre del aire caliente de situarse en lo más alto del espacio disponible.

En el segundo caso, hemos incorporado por confort una también importante cantidad de m3 a las necesidades de climatización del edificio. En ambos casos, nos hemos condenado a emplear una fortuna en energía cada año y para siempre. No puede hablarse de sostenibilidad.

La política del derroche representativo va contra la sostenibilidad y, por ende, contra la conservación del Patrimonio. Es necesario cambiar de dirección.

Como antes señalaba, el derecho al uso y disfrute del Patrimonio es algo incontrovertible. La obligación de su conservación, también. E igualmente el deber de su transmisión al futuro.

Pues trabajemos en ese sentido.

Empecemos por el uso y disfrute.  En un edificio transformado para albergar funciones administrativas, el elemento debe tener las características necesarias como para desarrollar en él una actividad básicamente sedente. Estamos hablando de oficinas, despachos, salas de reuniones, por lo que necesitamos un nivel de climatización al menos sensato, que no haga necesario quitarse ropa en invierno ni ponérsela en verano, situación más habitual de lo que parece. El problema está en que los edificios que estamos utilizando, o que deseamos utilizar para estos menesteres, suelen ser de techos altos, paredes masivas y escaso aislamiento del frio y el agua en sus zonas de asiento.

Vamos por ahora a ocuparnos de la climatización, porque es la piedra de toque en cuanto a costos fijos. He hecho una simulación simple de eficiencia energética sobre un edificio teórico de planta de 256 m2 y volumen total de 1024 m3, que corresponden a una altura de techo de 4 metros. He supuesto que el edificio tiene muros de piedra en dos hojas, de 70 centímetros totales de espesor, y cubierta convencional. Aplicando la herramienta oficial que nos proporciona el vigente Código Técnico de la Edificación, el deficiente, mal pensado y mal resuelto programa LIDER, he comparado esa situación inicial con la resultante de aislar simplemente las paredes de dicho edificio, es decir, la obra menos invasiva y dañina, así como la más económica. He colocado 8 cm de lana mineral y un panel de cartón yeso para dar un acabado perfectamente liso al interior. Ello me ha disminuido la superficie total de la edificación en 7,76 m2 y me ha rebajado las necesidades de climatización en un 9,7%.

Depende del tipo de calefacción y del combustible, pero haciéndolo fácil, si se emplease electricidad, el costo de la operación se hubiera amortizado en nueve meses. Obras algo más complicadas, como el aislamiento de la cubierta y una bien pensada colocación de falsos techos, pueden llevarnos a ahorros de energía superiores al 50%, con costos razonablemente amortizables. No sólo se puede actuar sobre el gasto con el aislamiento, sino también con las disminuciones de volumen y la organización funcional.

Sostenibilidad y Patrimonio (1)

Nuestro Patrimonio está compuesto por tres grupos patrimoniales:

a) Patrimonio Natural, las aguas, las tierras, el aire, los minerales, el mundo animal.

b) Patrimonio Cultural, lo realizado por el hombre a partir de su inteligencia con o sin el aprovechamiento de los medios naturales.

c) Patrimonio Mixto, las transformaciones que el hombre ha hecho sobre la naturaleza, los jardines, los paisajes transformados por talas, plantaciones, las acciones extractivas de minerales,  las acciones sobre el agua, los pozos, las presas, las alteraciones de cursos de ríos, los vestigios rupestres…

Como características básicas del Patrimonio, encontramos el derecho a disfrutarlo, la obligación de mantenerlo y conservarlo y el deber de transmitirlo al futuro.

Si nos detenemos en la definición de sostenibilidad dada por  el Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Comisión Brundtland en 1987):

“Es el desarrollo que satisface las necesidades actuales
de las personas sin comprometer la capacidad
de las futuras generaciones para satisfacer las suyas.”[1]

Hay una gran conexión entre la idea de la conservación del Patrimonio y la de Sostenibilidad.

Si nos atenemos al tema de esta conferencia, hemos de tocar, básicamente, los aspectos del Patrimonio Urbano y de modo especial aquellos Bienes Patrimoniales que tienen, por sus valores, la característica de Protegidos, según las leyes vigentes.

Pueden ser barrios o pueblos enteros, edificios o grupo de edificaciones y jardines.

Si hablamos de conjuntos,- normalmente apellidados “históricos”, con gran impropiedad, porque tan históricos son Brasilia, Chandigarh o las New Town inglesas como Santillana del Mar o Cartago,-  nos encontramos con el primer problema, el primer choque entre la sostenibilidad y el cuidado de nuestro Patrimonio Urbano, porque una de las ambiciones de estos conjuntos es su desarrollo.

Hay mucha gente que señala que el binomio “desarrollo sostenible” constituye un oxímoron, es decir, la unión de dos conceptos contrapuestos, una contradicción en suma, una manipulación de los “desarrollistas”, de los partidarios del crecimiento económico, que pretenden hacer creer en su compatibilidad con la sostenibilidad ecológica (Naredo, 1998; García, 2004; Girault y Sauvé, 2008).

Cuando las autoridades locales están apoyando el desarrollo del ente urbano a través del turismo propiciado por una Declaración, según nuestra legislación, de “Conjunto Histórico- Artístico”, o, en su caso, la Declaración de “Ciudad Patrimonio de la Humanidad”, en la acepción de UNESCO, no están pensando básicamente en la oportunidad de conservar y transmitir dignamente el Patrimonio recibido, sino en los beneficios económicos que la explotación producirá. Y ello nos lleva a la creación de parques temáticos tan estereotipados como pueden ser Euro Disney o la Warner, con tabernas y mesones, trajes regionales en los empleados de hostelería, decoraciones etnológicas y, lo que es más grave, arquitecturas miméticas que van convirtiendo al conjunto en una deplorable imitación de sí mismo. Estas actuaciones tiene, además, una característica que pasa desapercibida. Como, por puro momento histórico, los Conjuntos protegidos tienen como motivo la característica común de estar desarrollados en época preindustrial, los materiales utilizados a través de siglos han sido los mismos: los disponibles en la proximidad. No obstante, quedándose en la forma, se está despreciando el contenido cultural que significan los cambios de estilos y planteamientos arquitectónicos y urbanísticos, movidos tanto por la idea como por la técnica.

Nuestros antepasados trabajaron siempre,- o casi siempre,- según su momento. Y se da la paradoja de que, si hubiera existido una de nuestras Comisiones de Patrimonio en la antigüedad, nunca se hubiera construido el barroco jesuítico de La Clerecía de Salamanca, frente a la Casa de las Conchas, un inmueble gótico reformado para convertirlo en un renacimiento Reyes Católicos como regalo de boda entre un Maldonado y una Pimentel, de cuyo escudo nacen las veneras que adornan la fachada de la casa. Casa que la Comisión del Patrimonio no hubiera dejado reformar, dado que se alteraban las angostas ventanas y las puertas de menos de dos metros de altura por grandes aberturas a la calle y generosos pasos entre habitaciones.

Como inciso, quiero hacer notar con qué naturalidad se contempla y acepta la colocación de faroles fernandinos en conjuntos medievales, mientras que existen reticencias en el uso de luminarias actuales. Al parecer, el anacronismo, si lo es tanto para el pasado como para el presente, es admisible.

Ese proceder que describo, no significa, desde luego, sostenibilidad. Porque, además, la experiencia nos dice que suele existir transformación del tejido urbano,- parte constitutiva del Patrimonio de la ciudad,- a fin de,- por poner ejemplos tomados de la realidad, mejorar la contemplación de la fachada de una edificación singular, alterando aspecto y propósito inicial, pongo por caso.

La vista de estas acciones está puesta en el turismo, que, una vez obtenida una cierta patente, es la gallina de los huevos de oro. Intentando suavizar el impacto, el Ministerio de Medio Ambiente y la Fundación Biodiversidad de Iberia, en una actitud algo cándida, pusieron en marcha el “Decálogo del Turista”, que tenía por objeto la sensibilización y la concienciación de los ciudadanos, promoviendo conductas responsables y buenas prácticas ambientales durante las vacaciones de verano.

Iberia colocó un folleto divulgativo en los bolsillos de los asientos de los aviones durante el periodo estival de 2006. Esas piezas contenían un decálogo sobre turismo sostenible con consejos prácticos para que los turistas se concienciasen de lo que debían o no hacer en sus destinos y por qué sus acciones podían poner en peligro la riqueza biológica del lugar que se visita. Las “Diez recomendaciones para un turismo sostenible” eran:

1. Al planificar su viaje, elija aquellos proveedores que le ofrezcan garantías de calidad y de respeto a los derechos humanos y al medio ambiente.

(Una recomendación difícil de cumplir, cuando la costumbre más extendida es elegir el más barato de los vuelos “low cost”)

2. Utilice los recursos naturales, como el agua y la energía, con moderación. Recuerde que son bienes escasos.

(No está muy claro por qué se recomienda esto al “turista”. ¿Se supone que cuando está en su casa no lo hace?)

3. Trate de minimizar la generación de residuos. Son una fuente de contaminación.

(Vale lo dicho en el punto anterior)

4. Cuando tenga que deshacerse de un residuo, hágalo de la manera más limpia que le facilite su lugar de destino.

(Falta fe en el viajero. Se supone que en su casa tira la basura por la ventana)

5. En un espacio natural procure que la única huella que deje atrás sea la de su calzado.

(Ni se le ocurra aportar nada positivo. Ni conocimientos, ni conversaciones, ni invitaciones. Ni siquiera un beso)

6. Si visita ecosistemas sensibles, como arrecifes de coral o selvas, infórmese de cómo hacerlo para causar el menor impacto posible y no degradarlos.

(Este punto tiene sentido)

7. Al comprar regalos y recuerdos busque productos que sean expresión de la cultura local. Favorecerá la economía de los pueblos que le acogen y la diversidad cultural.

(Lástima que, como me ha ocurrido en el Caribe, el recuerdo local comprado ostentase la leyenda “Made in Taiwan”)

8. No adquiera flora y fauna protegida por el Convenio de Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), ni productos derivados de dichas especies. Es un delito y contribuye a su extinción.

(Este punto también tiene sentido y es digno de remarcar)

9. En su destino disfrute conociendo la cultura, costumbres, gastronomía y tradiciones de las poblaciones locales. Respételas y acérquese a ellas, tienen mucho que contarle.

  1. 10.         Trate de contribuir con su presencia al desarrollo de un turismo responsable y sostenible, construyendo con su viaje un planeta más saludable y solidario.

(Estos puntos de buena voluntad son dignos de encomio)

Siguiendo estas diez recomendaciones el turista contribuirá a conservar la riqueza biológica de la Tierra y a mejorar las oportunidades de desarrollo de muchas personas.

Mi impresión particular y la experiencia en el tema me dicen que el desarrollo por la vía  del turismo, , va,- en el 99 por ciento de los casos,- contra la sostenibilidad.


[1] Globalidad, integración, límites, participación y justicia son las piezas que integran el complejo puzzle del desarrollo sostenible. A partir de estas piezas, los principios concretos que definirían una acción política basada en la sostenibilidad serían: a) la integración del factor ambiental en una política global y en cada uno de los programas sectoriales, regionales o locales de desarrollo; b) la proyección ambiental del futuro en políticas concretas, en programas y en instrumentos de gestión adecuados; c)la aceptación de los límites del crecimiento; d) la compatibilidad de los proyectos a corto plazo con un plan de desarrollo a medio y largo plazo; e) la justicia ambiental representada por la equidad en el acceso de todas las personas a los recursos naturales; f) el derecho a la información ambiental y a la participación de todos los sectores implicados en la elaboración y ejecución de políticas públicas en el seno de un marco democrático; g) los recursos naturales no son ilimitados; h) la virtualidad concreta de la economía de mercado, de sus límites y de sus perversiones; i) los intercambios deben regirse por precios que representen los costes reales –productivos, sociales y ambientales- de los productos o servicios; j) la solidaridad entre los pueblos y las culturas

Ciudades(2)

Otro motivo del conservadurismo a ultranza es el intento de especialización de la ciudad como asentamiento turístico, uniendo conservación y folcklore, en la acepción más peyorativa de la palabra, y convirtiendo a la ciudad en un espacio explotado, y, normalmente, disculpa para acciones inmobiliarias de enverga­dura en su entorno. Mucho tiene que ver en ello la política de los rectores, así como la cultura de la sociedad.

En el fondo, y en la mayoría de los casos, no es más que un engaño consentido por el turista, que hace una sutil distinción entre el ambiente urbano recreado y el ambiente de Las Vegas o Disneylandia, y que se resarce con la contemplación de los contenedores relevantes del asentamiento, y con las manifestacio­nes gastronómicas y lúdicas preparadas al efecto.

Resulta, pues, que en las posturas conservacionistas a ultranza se entrelazan los motivos y consiguen éxito por una interacción en la que se mezclan los pensamientos conservador y progresista, no significando ello un interés común, sino una coincidencia de intereses.

Ello lleva a una confusión cultural que se hace patente cada vez que se plantea un tema de transcendencia pública relacionado con los Bienes Patrimoniales Urbanos.

El tema de la Catedral de la Almudena de Madrid ha sido muy significativo. Apoyada su terminación por la prensa conservadora y por la Iglesia Católica, se recurrió para la propaganda que animase a contribuir económicamente al pueblo de Madrid a figuras del deporte y la canción, igual que se haría para subvencionar la ayuda al Tercer Mundo o la lucha contra el SIDA. La empresa responsable cuidó que no fuesen figuras que de forma consuetudi­naria alquilasen su imagen para la venta de productos de mercado.

La Catedral, inacabada, nació de una mala decisión que implica el diálogo espacial con el Palacio Real, pieza arquitectónica de mucha consideración y elemento protagonista integrante de una importante silueta de borde de la ciudad.La implantación de la Catedral, que quizás hubiese sido coherente si hubiese salido adelante el proyecto de Sachetti, es un tumor urbano sin justificación social, que ha medio prosperado a base de la unión de muy distintos intereses y muy distintas posturas.

La inversión, a la vista de los problemas sin resolver que padece la sociedad madrileña, no tiene acreditación alguna. Tampoco es una necesidad para la Iglesia, que destina a sus grandes celebraciones el templo de San Isidro desde  el inicio de la Diócesis. No se justifica como creación arquitectónica, pues al dubitativo planteamiento del Marqués de Cubas se le han ido sumando oscuras intervenciones carentes de calidad e imaginación.

Y, sin embargo, va saliendo adelante.

A veces la ciudad se forma a base de resultantes casuales de fuerzas extrañas, que van en cualquier dirección.

La postura iconoclasta tiene también distintas etiologías.

De una parte está, sin duda, el puro interés comercial, que propicia la demolición de los contenedores antiguos en busca de mayores volúmenes, y, por tanto, mayores rendimientos.

La conservación y restauración de edificios públicos y privados por el camino del lujo y el despilfarro ha abonado la patraña, extendida por los interesados, de que siempre es más barato derribar un edificio y construir otro, que restaurar el existen­te.

Ello, llevado al ánimo de la sociedad, sirve de justificante para cualquier renovación urbana, fuesen cual fueran origen y resultado.

Este proceso se asimila en nuestro país a las derechas, porque fue el que sufrieron nuestras ciudades en la era franquista, en la que la derecha no dependía de los votos de los ciudadanos, y era posible favorecer a gentes de la situación no sólo sin peligro de perder el puesto, sino como apoyo y afirmación del mismo.

Otro motivo de iconoclasia es un pretendido modernismo que lleva a una necesidad de cambio total, de total renovación urbana, prescindiendo de referentes.

Esta actitud ha hecho un enorme daño al tejido de las ciudades, convirtiendo las calles en caminos de automóviles, haciendo una curiosa inversión del centro urbano, que ha pasado de ser el área de mayor accesibilidad al área de más complicada accesibilidad, perdiendo gran parte de sus características identificadoras, dejando acéfalos muchos asentamientos, y fracturando al mismo tiempo el máximo vestigio del pasado por encima de edificaciones y contenedores singulares: el espacio urbano.

El tercer motivo de este grupo es la indiferencia cultural y la ignorancia. El desconocimiento de valores sordos, poco espectacu­lares, de las tipologías escasas, de los modos de hacer construc­tivos desaparecidos, del peso histórico de un ámbito o un área, de la calidad simbólica, emblemática e identificadora de un tejido urbano. Todo ello permite que atentados a y destrucciones de esos valores pasen desapercibidos, sin eco social. Es un problema de educación y análisis. De buena voluntad por parte de los responsables públicos para no tergiver­sar la valía y el significado de espacios y elementos urbanos. Posiblemente este sea el problema básico entre todos los que aquí se mencionan, y el de más lejana y laboriosa solución.

El tercer grupo de actitudes-tipo es el menos común, posiblemente porque exige no sólo un buen equipo de técnicos y especialistas, sino unos responsables políticos que secunden los esfuerzos y comprendan y apoyen las ideas y sistemas de aquellos, no reparando en el tiempo de su desarrollo ni en su oportunidad con respecto a la cadencia electoral.

Desgraciadamente, nada tienen que ver los tiempos de gobierno fijados por las distintas Constituciones con los tiempos de intervención en la ciudad, que es un “continuun” que ha acogido, acoge y acogerá distintas ideas predominantes, y que no entiende de urgencias, porque la relación habitante-espacio no se produce de inmediato. El espacio ha de ser vivido, ha de ser utilizado, clasificado, asumido y jerarquizado por los habitantes antes de ser integrado en la ciudad. Esta integración no supone un calificativo de bondad, sino un suceso de aceptación que otorga la auténtica calificación definitiva de espacio urbano. El tiempo para esta aceptación es variable, en función de interrelaciones etológico-espaciales, y, como se dice más arriba, no tiene por que coincidir con tiempos medidos con el reloj de los políticos.

Este es un gran problema que tiene la ciudad.

Cuando hay la suerte de que se produzca un amplio período de continuidad política, sea ésta del signo que sea, las acciones sobre la ciudad tienen la oportunidad de seguir una línea coherente. (Otra cosa es que realmente la sigan).

Suponiendo que ello se logre, podría hablarse de una posible actitud sensata, de servicio a los ciudadanos a través de las intervenciones en la ciudad. Varias cosas serían deseables.

Si comenzamos por el Patrimonio edificado y nos vamos al campo de la edificación civil, es necesario ser extraordinariamente prudente en las decisiones relativas a la renovación urbana. Por un principio de economía básica, y como punto de partida, todo aquel edificio en el que resulte más barata la intervención para ponerlo al día en seguridad estructural, infraestructuras, aislamientos y protecciones que la demolición y ejecución de otro edificio, debiera conservarse, y todo aquel en el que esa intervención fuese más cara que la renovación, debiera poder ser demolido.

Sin embargo, esta regla no puede ser de aplicación directa, pues el edificio que se encuentre en el primer caso puede constituir, debido a su forma, a su volumen o a ambos, un estorbo o una anomalía en el entorno, y el que está en el segundo puede ser elemento de tipología extinguida o cuasi extinguida, lo que hace que sus destinos finales deseables sean los contrarios de lo que resultarían de la aplicación de la regla.

En situaciones tan poco controlables por la aplicación de parámetros, es fácil que prospere la decisión más ayudada desde el exterior, desde los puntos de poder, y el efecto de anteceden­te que dicha decisión produce, desvirtúa cualquier regla. No es sencillo.

En contra de las operaciones de “rehabilitación” opulenta que han acompañado a las políticas conservacionistas, sería deseable oponer una política de “revitalización pobre”, consistente en implantar refuerzos estructurales, infraestructuras, aislamientos y protecciones a costos básicos, a fin de que en los inmuebles antiguos en los que ello fuese rentable cumpliesen con las exigencias de habitabilidad actuales, para que, a partir de allí, bien los adquirentes pudiesen terminar sus viviendas de acuerdo a sus posibilidades y deseos, o bien se acabasen con calidades y precios acordes con los fijados para viviendas de protección estatal.

Por ese camino se llegaría a la utilización sensata del Patrimo­nio edificado, y podría transmitirse al futuro aquel que nos hubiese llegado en condiciones.

Incluso, ampliando las opciones, habría siempre la oportunidad, para el promotor que lo considerase realizable, de intervenir sobre edificios que por su mal estado no pudiesen acogerse a un programa sensato de aprovechamiento, e invertir en ellos a la manera que hoy se está haciendo en muchas grandes ciudades, para convertirlos en viviendas de lujo, oficinas o despachos. Con el debido respeto a tipologías y vestigios, sin burlescas imitacio­nes, y con criterios amplios en cuanto a la expresión de añadidos o refabricados.

Para el resto de los edificios de esta categoría, el derribo que propiciase la continuidad del proceso de renovación urbana, que, apoyada en un tejido primitivo, con sus ampliaciones y adiciones posteriores ha configurado la ciudad en evolución continua que ha llegado hasta hoy y que no va a detenerse hasta su muerte definitiva.

En esta arquitectura civil no es grave el problema del uso, ya que, en un intento de evitar centros terciarizados, debiera darse lógicamente una predominancia residencial, aunque evitando la rigidez normativa que altera más que aporta, al impedir usos deseados y deseables junto a las viviendas.

Más grave es encontrar uso para los grandes contenedores significativos, que sin alguna misión que les permita automante­nerse, no pervivirán, a no ser que la sociedad acepte la carga improductiva de todos ellos. El caso, aceptable para elementos excepcionales, no es posible como regla. La experiencia nos demuestra como un edificio sin un uso vivo sufre un rápido proceso de degradación que obliga a nuevas inversiones para su mantenimiento, que son seguidas de nuevas degradaciones,- parte de las cuales quedan como remanentes,- nuevas inversiones, y como el edificio va a la muerte tras consumir cuantiosas cantidades de dinero.

Nuestra sociedad no puede, hoy día, permitirse el lujo de mantener edificios incapaces de automantenerse, con la excepción antes apuntada.

En el nivel tecnológico en el que podemos movernos, hay posibili­dades de acomodación a usos no lesivos, aunque sea mediante inversiones de gran importancia, que siempre serán más baratas que una sucesión de inversiones improductivas que intenten mantener al edificio en pie, pero vacío de contenido.

Por último, la intervención específica en el espacio urbano conformado por esos contenedores, y en aquel proyectado para acoger nueva edificación.

Hay que intentar salvar la escala de los Centros urbanos allí donde esta siga siendo acorde con lo edificado. No más papanatis­mo, no más seguir actuando en función del automóvil, opción tecnológica equivocada para su uso en la ciudad de traza preindustrial, juguete que enseñar, con el que avasallar, contaminar, destruir. Tomarlo en consideración en los nuevos trazados, pero no seguir intentando plegar a él los antiguos, porque ya existen bastantes antecedentes como para juzgar los resultados. Nuestra sociedad ya ha tenido suficientes  pequeños Haussmann planificadores, potenciados por pequeños Napoleones alcaldes, que han cometido graves desaguisados suficientes.

Es ya la hora de comprender la ciudad, y entender al automóvil como una ayuda en lugar de como un estorbo. Como algo que, en ciertos entornos, es imprescindible en unos pocos momentos, y algo inútil el resto del año.

Todas estas consideraciones tienen grandes dificultades para ser tenidas en cuenta, porque los políticos tienen su reloj con las horas de su mandato, clepsidra limitadora y seleccionadora de actuaciones, los petroleros, los fabricantes de automóviles y los recaudadores de impuestos quieren más coches, la sociedad está educada en lo inmediato, en los beneficios de mañana mismo, los promotores entienden la urbe como un coto de caza, y el dinero carece de cualquier escrúpulo ético o estético.

Es nuestra sociedad, y así se refleja en nuestras ciudades.

Ciudades(1)

La ciudad es única. No hay ciudad histórica, ciudad antigua ni moderna, sino el cauce de un río sobre el que navegan las generaciones, dejando sus restos, que otros aprovechan, desechan, admiran o ignoran.

El defecto de las grandes clasificacio­nes o de las clasifi­caciones grandes, consiste en que las mismas predisponen a la utilización de una óptica equivo­cada, o, al menos, distorsionante de los problemas íntimos, domésticos y cotidianos.

La calificación de “Ciudad Patrimonio de la Humanidad” proviene de una de estas grandes clasificaciones, y por ello resulta preocupante. Independientemente de los proce­sos de obtención de tal título, y de la influencia que hayan tenido aspectos políticos, de oportunidad o de conveniencia para dicha nominación, las ciudades que sopor­tan tan pesada carga son todas ellas, sin duda, significa­tivas, vestigios de un pasado en el que apoyar un futuro, y elementos dignos de conservar para su transmisión a generaciones venideras.

Por ello resulta imprescindible sentar unos principios claros acerca del significado de esas ciudades como Bien Patrimonial, de como han de conservarse y para quien, y de cual es su situación urbanístico-espa­cial, al mismo tiempo que su valor de espacio significativo simbólico.

Y muchos de estos principios, o gran parte de su contenido, valen para cualquier ciudad. No para una “ciudad histórica”, porque ¿qué es una ciudad histórica? ¿Existe alguna que no lo sea?

El primero de estos principios es que la ciudad existe, permanece y transciende en función de sus habitantes. Machu- Pichu no es una ciudad, sino un monumento arqueo-antropoló­gico, una gran enciclopedia en la que están todos los datos para conocer cómo fue la existencia de una población que la habitó en el pasado. Pero no es una ciudad en cuanto a que carece de habitantes estables: sus poblado­res son visitan­tes o personas ligadas a estas visitas, pero cuya vida cotidiana se desarrolla al margen de Machu- Pichu, sin que su existencia deje huella en la ciudad vacía, ni ésta en sus vidas. Y esta idea del existir de la ciudad en función de la presencia estable y continuada del ser humano, es válida igual y obviamente para el barrio y la vivienda porque Casa y Hábitat terminan con la desapari­ción del hombre, aunque Arquitectura y Urbanismo perduren en testi­monio válido para estudios de antropología cultural y análisis de crítica historicista. Ciudad, barrio y casa justifican su existencia en cuanto a que acogen personas que son las que hacen casa, barrio y ciudad con su exis­tir.

            La Ciudad, así sea Patrimonio de la Humanidad, ha de contemplar­se, antes que nada, en función de sus habitantes.

El segundo principio es que cualquier Bien Patrimonial, en su devenir a lo largo de la Historia, va creando sobre cada generación con la que en algún momento es coetáneo un sistema dual en el que al derecho a utilizar el bien que le ha sido legado, se contrapone el deber de su trasmisión al futuro. Las ciudades, como bienes patrimoniales, no son excepción a esta regla. La comunidad recibe una ciudad, y ha de trasmitir una ciudad. Siguiendo el princi­pio ante­rior, la comunidad deberá trasmitir la ciudad que ha recibido, con las naturales aportaciones de su paso por ella, manteniendo siempre su función primordial de espacio habitacional. Si, por el contrario, lo que trasmite es un monumento carente de características habitacionales, no cumple con su deber: está negando a las futuras generacio­nes el derecho irrefutable e inalienable al uso de la ciudad como tal y en todas sus potencias.

            Por lo tanto, las Ciudades Patrimonio de la Humanidad han de ser trasmitidas mediante un proceso de continuidad habitacional, realizado de tal forma que no merme su capacidad vital, ni distorsione su función primordial de hábitat.

Una Ciudad Patrimonio de la Humanidad ha de comenzar por ser auténtico Patrimonio de sus habitantes. No puede pensarse en otra situación, porque resultaría risible. Como tal Patrimonio doméstico, ha de servir para remediar en lo posible las carencias de sus moradores, pues mientras el título se lo ha dado su pasado histórico y sus huellas, su continuidad depende de su uso por los ciudadanos de hoy. Del dualismo uso-servicio va a depender una conservación coherentemente planteada, que debe pasar por la considera­ción de que el problema urbano de la ciudad Patrimonio de la Humanidad no difiere del de cualquier otra. Así pues, el factor “Patrimonio de la Humanidad” debe ser considerado como uno más de los que intervienen en el hecho urbano, y por tanto, los organismos implicados en su conservación no deben ser sólo aquellos relacionados con la cultura, como viene ocurriendo tradicionalmente, sino todos aquellos que se ocupan de las infraestructuras, el confort urbano y social, la vivienda, el equipamiento, y, en general, de la totalidad del problema urbano.

            La ciudad Patrimonio de la Humanidad sólo puede conser­varse en el uso consciente de sus potenciales de servicio a la comunidad. Como recoge la Carta de Veracruz, el Centro Representativo tiene los mismos problemas que cualquier ciudad, acrecentados por los que le acarrea su valor simbólico. Por tanto, su tratamiento técnico-económi­co no puede diferir mucho del que se le daría a otra ciudad con problemas.

El auténtico Bien Patrimonial es el que puede ser disfruta­do por toda la comunidad. La privatización de los Bienes Patrimoniales es una dejación de funciones por parte de los Gobiernos, y en el caso de bienes en Ciudades Patrimonio de la Humanidad, por parte,-además,- de los Organismos impli­cados. La arcaica concepción de que los particulares cuidan mejor los contenedores históricos, y la visión de dichos usufructuarios como mecenas y guardianes de bienes socia­les, pertenecen a un pasado de corte paternalista, en el que la apreciación de los elementos del Patrimonio Cultural era propia de una elite.

            En una Ciudad Patrimonio de la Humanidad no es concebible el uso individualizado de contenedores de importancia. Si realmente se interpreta tal Ciudad como Bien Patrimonial de todos los hombres, su usufructo ha de tener carácter social, porque es más la humanidad carente de recursos, – y parte de ella en Ciudades Patrimonio de la Humanidad,- que la sobrada de ellos. Un buen entendimiento del Patrimonio obliga a ese uso en beneficio de los más desfavorecidos.

Una Ciudad Patrimonio de la Humanidad debe servir de ejemplo de gestión comunitaria, de desarrollo social, de acoplamiento de las estructuras pre-industriales con las estructuras industriales, de modelo de desarrollo y de enfoques innovadores de las respuestas a las preguntas que nos hace la Ciudad.  La idea de la pura conserva­ción como vestigio de antiguos esplendores es una condena a muerte.

            La Ciudad Patrimonio de la Humanidad ha de ser el lugar en el que se intente y logre la conjunción y continuidad no traumática entre pasado y futuro. La simple conservación es la negación del tiempo, y, por tanto, una ilusión vana.

Sentados estos principios, conviene hablar de los problemas que producen la gestión y acción de los administradores de la ciudad cuando,-sin duda en actitud positiva,-intervienen sobre ella tanto en el área del planeamiento como en la edificación e infraestructuras. Así mismo, la postura de los administrados, que han elegido una opción política, propiciando la actuación de ésta.

Podemos hacer tres grandes grupos de actitudes-tipo ante las intervenciones en la Ciudad, y básicamente en su Centro Represen­tativo, normal motivo de discordias y contraposición de opinio­nes.

Sin duda habrá posturas intermedias, o, más comúnmente, indefini­das, y muchas posturas que, al no apoyarse en aspectos conceptua­les, se muevan de uno a otro extremo en función de la visión que más le convenza en el momento, o en función de sus intereses inmediatos.

El primero de los tres grandes grupos es el de los conservadores a ultranza.

El segundo, el de los iconoclastas, de indiferencia práctica hacia los vestigios del pasado.

El tercero, y menos común, el de los ponderados, que basan su actitud en el diálogo entre las necesidades, los usos y el espacio.

El conservadurismo a ultranza, procede de diferentes motivos y posturas.Políticamente ha sido actitud propia de las izquierdas, en el pragmatismo de que a corto plazo, las variaciones en la ciudad tienen estadísticamente más detractores que admiradores.

Por otro lado, en una sociedad moderna, es difícil emprender cualquier transformación de importancia que no prometa una rentabilidad capaz de justificarla. Cuando así sucede, la oposición tiene en bandeja el reproche sobre la mala administra­ción de los responsables. Una gran obra de rentabilidad asegurada es, en los países capitalistas, de iniciativa privada, y poco propia, pues, de ser fomentada por una administración de izquierdas.

Como, por otro lado, la Administración quiere intervenir en la ciudad, y necesita actuar sobre ella, aparece la coartada de la conservación de la apariencia, y con ella nacen los monstruos arquitectónicos gestados conservando las fachada y demoliendo los interiores para una nueva edificación. Monstruos que la Adminis­tración aporta o apadrina con su Normativa. Así, la dificultad que en un principio parecía levantarse ante la iniciativa privada, queda eliminada mediante el canon del mantenimiento del aspecto,en un ejercicio de magia: “Aquí no ha pasado nada, pero este edificio residencial se ha convertido en la sede de un Banco de negocios, y el espacio que contenía sus salones, cocinas y dormitorios , se ha transformado en otro que contiene oficinas, despachos y archivos”. El Banco recibe alabanzas por la “conser­vación” del edificio, y la Administración las recibe porque ha “defendido” la edificación, “impidiendo su demolición”, y conservando el aspecto del ámbito urbano.

Otro motivo político de la conservación a ultranza es presentarla como una defensa contra la especulación.Al no poder derribarse edificios, no hay suelo con el que especular en el centro de la ciudad. El ejemplo de Madrid muestra el rotundo fracaso de la medida. De especular con un suelo se pasó a especular rabiosamen­te con un edificio viejo sobre un suelo, alcanzándose precios inverosímiles a velocidades increíbles. El mercado del suelo ha quedado trastocado en Madrid a causa de la medida, y ha servido de pauta para otras ciudades e, incluso, para pueblos de su área metropolitana, dando como resultado una valoración ficticia con unos niveles de costo de suelo que sacan del mercado de la vivienda a un amplísimo sector social. La corrección se producirá sólo si dura lo suficiente la crisis económica que padecemos en estos momentos.

Los monstruos antes citados son también partícipes del fenómeno que atañe a otro de los motivos conservacionistas: la adquisición de “status”. El edificio antiguo, convenientemente arreglado, independientemente de los destrozos tipológicos a los que haya llevado el uso impuesto, es importante soporte de la imagen de una corporación o de un individuo.

Este edificio, inmerso en un entorno acorde, sube en muchos enteros su carácter emblemático.

El caso posiblemente más aberrante en ese intento de valoración, se produce en el norte de España,en Cantabria, con el trasplante de casonas tradicio­nales, piedra a piedra, con sus escudos, emblemas y particulari­dades constructivas locales, para formar una urbanización de lujo.

El significado de las señas culturales de identidad se disfraza o pierde, y siempre se mixtifica.

Un tercer grupo de motivos son personales, y atañen a cultura, etología, y, sobre todo, a la concepción egocéntrica del espacio.

Resulta risible escuchar que algo no debe variarse “porque ha estado así toda la vida”. La confusión entre el “tempo” humano y el “tempo” de la ciudad es muy común y genera una postura que, por irracional, resulta de muy difícil contrarresto. Por ello, también es un buen enganche electoralista para partidos políti­cos, lo que lo relaciona con el primero de los motivos expuestos del conservadurismo .

Dentro de estos motivos podemos incluir la desconfianza hacia las actuaciones del presente, desconfianza,en suma, hacia la sociedad contemporánea y todos sus actores:(el planificador dará unas malas Normas, el arquitecto proyectará un mal edificio, el constructor dará una mala calidad, y las autoridades ciudadanas lo tolerarán todo).Ello hace pensar que lo mejor es evitar que se actúe, o, al menos, que si se actúa, se imite exactamente todo lo edificado, olvidando las exigencias, también sociales, de implantación de infraestructuras y cumplimiento de normativas, y el no despreciable suceso de la industrialización de los materiales junto a la del resto de los procesos productivos contemporáneos.

Hay que considerar también que, aunque existen imposiciones de uso inapropiadas para un determinado contenedor, que obligan a operaciones excesivamente traumáticas debido a las grandes exigencias que conlleva la utilización pretendida, ello no es un obstáculo cuando se persigue la obtención de un “status”, y la Administración está dispuesta a tolerar todo, con tal de respetar básicamente las fachadas, la apariencia, cosa que basta a mucha gente para no sufrir los sobresaltos del cambio. Sobresaltos que, a veces vienen de la necesidad de tomar postura ante lo nuevo. Lo antiguo, lo sancionado por el uso y la costumbre, es de valoración inmediata, porque los referentes están ahí,  admitidos por el colectivo. Lo nuevo significa un juicio de valor, una toma de postura, y ello tiene dificultades para mucha gente, sobre todo en medios sociales en los que existe una cierta “obligación” de conocimiento. El rechazo, basándose en una postura de desprecio de lo nuevo, es una actitud descomprometida.