Ciudades(2)

Otro motivo del conservadurismo a ultranza es el intento de especialización de la ciudad como asentamiento turístico, uniendo conservación y folcklore, en la acepción más peyorativa de la palabra, y convirtiendo a la ciudad en un espacio explotado, y, normalmente, disculpa para acciones inmobiliarias de enverga­dura en su entorno. Mucho tiene que ver en ello la política de los rectores, así como la cultura de la sociedad.

En el fondo, y en la mayoría de los casos, no es más que un engaño consentido por el turista, que hace una sutil distinción entre el ambiente urbano recreado y el ambiente de Las Vegas o Disneylandia, y que se resarce con la contemplación de los contenedores relevantes del asentamiento, y con las manifestacio­nes gastronómicas y lúdicas preparadas al efecto.

Resulta, pues, que en las posturas conservacionistas a ultranza se entrelazan los motivos y consiguen éxito por una interacción en la que se mezclan los pensamientos conservador y progresista, no significando ello un interés común, sino una coincidencia de intereses.

Ello lleva a una confusión cultural que se hace patente cada vez que se plantea un tema de transcendencia pública relacionado con los Bienes Patrimoniales Urbanos.

El tema de la Catedral de la Almudena de Madrid ha sido muy significativo. Apoyada su terminación por la prensa conservadora y por la Iglesia Católica, se recurrió para la propaganda que animase a contribuir económicamente al pueblo de Madrid a figuras del deporte y la canción, igual que se haría para subvencionar la ayuda al Tercer Mundo o la lucha contra el SIDA. La empresa responsable cuidó que no fuesen figuras que de forma consuetudi­naria alquilasen su imagen para la venta de productos de mercado.

La Catedral, inacabada, nació de una mala decisión que implica el diálogo espacial con el Palacio Real, pieza arquitectónica de mucha consideración y elemento protagonista integrante de una importante silueta de borde de la ciudad.La implantación de la Catedral, que quizás hubiese sido coherente si hubiese salido adelante el proyecto de Sachetti, es un tumor urbano sin justificación social, que ha medio prosperado a base de la unión de muy distintos intereses y muy distintas posturas.

La inversión, a la vista de los problemas sin resolver que padece la sociedad madrileña, no tiene acreditación alguna. Tampoco es una necesidad para la Iglesia, que destina a sus grandes celebraciones el templo de San Isidro desde  el inicio de la Diócesis. No se justifica como creación arquitectónica, pues al dubitativo planteamiento del Marqués de Cubas se le han ido sumando oscuras intervenciones carentes de calidad e imaginación.

Y, sin embargo, va saliendo adelante.

A veces la ciudad se forma a base de resultantes casuales de fuerzas extrañas, que van en cualquier dirección.

La postura iconoclasta tiene también distintas etiologías.

De una parte está, sin duda, el puro interés comercial, que propicia la demolición de los contenedores antiguos en busca de mayores volúmenes, y, por tanto, mayores rendimientos.

La conservación y restauración de edificios públicos y privados por el camino del lujo y el despilfarro ha abonado la patraña, extendida por los interesados, de que siempre es más barato derribar un edificio y construir otro, que restaurar el existen­te.

Ello, llevado al ánimo de la sociedad, sirve de justificante para cualquier renovación urbana, fuesen cual fueran origen y resultado.

Este proceso se asimila en nuestro país a las derechas, porque fue el que sufrieron nuestras ciudades en la era franquista, en la que la derecha no dependía de los votos de los ciudadanos, y era posible favorecer a gentes de la situación no sólo sin peligro de perder el puesto, sino como apoyo y afirmación del mismo.

Otro motivo de iconoclasia es un pretendido modernismo que lleva a una necesidad de cambio total, de total renovación urbana, prescindiendo de referentes.

Esta actitud ha hecho un enorme daño al tejido de las ciudades, convirtiendo las calles en caminos de automóviles, haciendo una curiosa inversión del centro urbano, que ha pasado de ser el área de mayor accesibilidad al área de más complicada accesibilidad, perdiendo gran parte de sus características identificadoras, dejando acéfalos muchos asentamientos, y fracturando al mismo tiempo el máximo vestigio del pasado por encima de edificaciones y contenedores singulares: el espacio urbano.

El tercer motivo de este grupo es la indiferencia cultural y la ignorancia. El desconocimiento de valores sordos, poco espectacu­lares, de las tipologías escasas, de los modos de hacer construc­tivos desaparecidos, del peso histórico de un ámbito o un área, de la calidad simbólica, emblemática e identificadora de un tejido urbano. Todo ello permite que atentados a y destrucciones de esos valores pasen desapercibidos, sin eco social. Es un problema de educación y análisis. De buena voluntad por parte de los responsables públicos para no tergiver­sar la valía y el significado de espacios y elementos urbanos. Posiblemente este sea el problema básico entre todos los que aquí se mencionan, y el de más lejana y laboriosa solución.

El tercer grupo de actitudes-tipo es el menos común, posiblemente porque exige no sólo un buen equipo de técnicos y especialistas, sino unos responsables políticos que secunden los esfuerzos y comprendan y apoyen las ideas y sistemas de aquellos, no reparando en el tiempo de su desarrollo ni en su oportunidad con respecto a la cadencia electoral.

Desgraciadamente, nada tienen que ver los tiempos de gobierno fijados por las distintas Constituciones con los tiempos de intervención en la ciudad, que es un “continuun” que ha acogido, acoge y acogerá distintas ideas predominantes, y que no entiende de urgencias, porque la relación habitante-espacio no se produce de inmediato. El espacio ha de ser vivido, ha de ser utilizado, clasificado, asumido y jerarquizado por los habitantes antes de ser integrado en la ciudad. Esta integración no supone un calificativo de bondad, sino un suceso de aceptación que otorga la auténtica calificación definitiva de espacio urbano. El tiempo para esta aceptación es variable, en función de interrelaciones etológico-espaciales, y, como se dice más arriba, no tiene por que coincidir con tiempos medidos con el reloj de los políticos.

Este es un gran problema que tiene la ciudad.

Cuando hay la suerte de que se produzca un amplio período de continuidad política, sea ésta del signo que sea, las acciones sobre la ciudad tienen la oportunidad de seguir una línea coherente. (Otra cosa es que realmente la sigan).

Suponiendo que ello se logre, podría hablarse de una posible actitud sensata, de servicio a los ciudadanos a través de las intervenciones en la ciudad. Varias cosas serían deseables.

Si comenzamos por el Patrimonio edificado y nos vamos al campo de la edificación civil, es necesario ser extraordinariamente prudente en las decisiones relativas a la renovación urbana. Por un principio de economía básica, y como punto de partida, todo aquel edificio en el que resulte más barata la intervención para ponerlo al día en seguridad estructural, infraestructuras, aislamientos y protecciones que la demolición y ejecución de otro edificio, debiera conservarse, y todo aquel en el que esa intervención fuese más cara que la renovación, debiera poder ser demolido.

Sin embargo, esta regla no puede ser de aplicación directa, pues el edificio que se encuentre en el primer caso puede constituir, debido a su forma, a su volumen o a ambos, un estorbo o una anomalía en el entorno, y el que está en el segundo puede ser elemento de tipología extinguida o cuasi extinguida, lo que hace que sus destinos finales deseables sean los contrarios de lo que resultarían de la aplicación de la regla.

En situaciones tan poco controlables por la aplicación de parámetros, es fácil que prospere la decisión más ayudada desde el exterior, desde los puntos de poder, y el efecto de anteceden­te que dicha decisión produce, desvirtúa cualquier regla. No es sencillo.

En contra de las operaciones de “rehabilitación” opulenta que han acompañado a las políticas conservacionistas, sería deseable oponer una política de “revitalización pobre”, consistente en implantar refuerzos estructurales, infraestructuras, aislamientos y protecciones a costos básicos, a fin de que en los inmuebles antiguos en los que ello fuese rentable cumpliesen con las exigencias de habitabilidad actuales, para que, a partir de allí, bien los adquirentes pudiesen terminar sus viviendas de acuerdo a sus posibilidades y deseos, o bien se acabasen con calidades y precios acordes con los fijados para viviendas de protección estatal.

Por ese camino se llegaría a la utilización sensata del Patrimo­nio edificado, y podría transmitirse al futuro aquel que nos hubiese llegado en condiciones.

Incluso, ampliando las opciones, habría siempre la oportunidad, para el promotor que lo considerase realizable, de intervenir sobre edificios que por su mal estado no pudiesen acogerse a un programa sensato de aprovechamiento, e invertir en ellos a la manera que hoy se está haciendo en muchas grandes ciudades, para convertirlos en viviendas de lujo, oficinas o despachos. Con el debido respeto a tipologías y vestigios, sin burlescas imitacio­nes, y con criterios amplios en cuanto a la expresión de añadidos o refabricados.

Para el resto de los edificios de esta categoría, el derribo que propiciase la continuidad del proceso de renovación urbana, que, apoyada en un tejido primitivo, con sus ampliaciones y adiciones posteriores ha configurado la ciudad en evolución continua que ha llegado hasta hoy y que no va a detenerse hasta su muerte definitiva.

En esta arquitectura civil no es grave el problema del uso, ya que, en un intento de evitar centros terciarizados, debiera darse lógicamente una predominancia residencial, aunque evitando la rigidez normativa que altera más que aporta, al impedir usos deseados y deseables junto a las viviendas.

Más grave es encontrar uso para los grandes contenedores significativos, que sin alguna misión que les permita automante­nerse, no pervivirán, a no ser que la sociedad acepte la carga improductiva de todos ellos. El caso, aceptable para elementos excepcionales, no es posible como regla. La experiencia nos demuestra como un edificio sin un uso vivo sufre un rápido proceso de degradación que obliga a nuevas inversiones para su mantenimiento, que son seguidas de nuevas degradaciones,- parte de las cuales quedan como remanentes,- nuevas inversiones, y como el edificio va a la muerte tras consumir cuantiosas cantidades de dinero.

Nuestra sociedad no puede, hoy día, permitirse el lujo de mantener edificios incapaces de automantenerse, con la excepción antes apuntada.

En el nivel tecnológico en el que podemos movernos, hay posibili­dades de acomodación a usos no lesivos, aunque sea mediante inversiones de gran importancia, que siempre serán más baratas que una sucesión de inversiones improductivas que intenten mantener al edificio en pie, pero vacío de contenido.

Por último, la intervención específica en el espacio urbano conformado por esos contenedores, y en aquel proyectado para acoger nueva edificación.

Hay que intentar salvar la escala de los Centros urbanos allí donde esta siga siendo acorde con lo edificado. No más papanatis­mo, no más seguir actuando en función del automóvil, opción tecnológica equivocada para su uso en la ciudad de traza preindustrial, juguete que enseñar, con el que avasallar, contaminar, destruir. Tomarlo en consideración en los nuevos trazados, pero no seguir intentando plegar a él los antiguos, porque ya existen bastantes antecedentes como para juzgar los resultados. Nuestra sociedad ya ha tenido suficientes  pequeños Haussmann planificadores, potenciados por pequeños Napoleones alcaldes, que han cometido graves desaguisados suficientes.

Es ya la hora de comprender la ciudad, y entender al automóvil como una ayuda en lugar de como un estorbo. Como algo que, en ciertos entornos, es imprescindible en unos pocos momentos, y algo inútil el resto del año.

Todas estas consideraciones tienen grandes dificultades para ser tenidas en cuenta, porque los políticos tienen su reloj con las horas de su mandato, clepsidra limitadora y seleccionadora de actuaciones, los petroleros, los fabricantes de automóviles y los recaudadores de impuestos quieren más coches, la sociedad está educada en lo inmediato, en los beneficios de mañana mismo, los promotores entienden la urbe como un coto de caza, y el dinero carece de cualquier escrúpulo ético o estético.

Es nuestra sociedad, y así se refleja en nuestras ciudades.

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Ciudades(1)

La ciudad es única. No hay ciudad histórica, ciudad antigua ni moderna, sino el cauce de un río sobre el que navegan las generaciones, dejando sus restos, que otros aprovechan, desechan, admiran o ignoran.

El defecto de las grandes clasificacio­nes o de las clasifi­caciones grandes, consiste en que las mismas predisponen a la utilización de una óptica equivo­cada, o, al menos, distorsionante de los problemas íntimos, domésticos y cotidianos.

La calificación de “Ciudad Patrimonio de la Humanidad” proviene de una de estas grandes clasificaciones, y por ello resulta preocupante. Independientemente de los proce­sos de obtención de tal título, y de la influencia que hayan tenido aspectos políticos, de oportunidad o de conveniencia para dicha nominación, las ciudades que sopor­tan tan pesada carga son todas ellas, sin duda, significa­tivas, vestigios de un pasado en el que apoyar un futuro, y elementos dignos de conservar para su transmisión a generaciones venideras.

Por ello resulta imprescindible sentar unos principios claros acerca del significado de esas ciudades como Bien Patrimonial, de como han de conservarse y para quien, y de cual es su situación urbanístico-espa­cial, al mismo tiempo que su valor de espacio significativo simbólico.

Y muchos de estos principios, o gran parte de su contenido, valen para cualquier ciudad. No para una “ciudad histórica”, porque ¿qué es una ciudad histórica? ¿Existe alguna que no lo sea?

El primero de estos principios es que la ciudad existe, permanece y transciende en función de sus habitantes. Machu- Pichu no es una ciudad, sino un monumento arqueo-antropoló­gico, una gran enciclopedia en la que están todos los datos para conocer cómo fue la existencia de una población que la habitó en el pasado. Pero no es una ciudad en cuanto a que carece de habitantes estables: sus poblado­res son visitan­tes o personas ligadas a estas visitas, pero cuya vida cotidiana se desarrolla al margen de Machu- Pichu, sin que su existencia deje huella en la ciudad vacía, ni ésta en sus vidas. Y esta idea del existir de la ciudad en función de la presencia estable y continuada del ser humano, es válida igual y obviamente para el barrio y la vivienda porque Casa y Hábitat terminan con la desapari­ción del hombre, aunque Arquitectura y Urbanismo perduren en testi­monio válido para estudios de antropología cultural y análisis de crítica historicista. Ciudad, barrio y casa justifican su existencia en cuanto a que acogen personas que son las que hacen casa, barrio y ciudad con su exis­tir.

            La Ciudad, así sea Patrimonio de la Humanidad, ha de contemplar­se, antes que nada, en función de sus habitantes.

El segundo principio es que cualquier Bien Patrimonial, en su devenir a lo largo de la Historia, va creando sobre cada generación con la que en algún momento es coetáneo un sistema dual en el que al derecho a utilizar el bien que le ha sido legado, se contrapone el deber de su trasmisión al futuro. Las ciudades, como bienes patrimoniales, no son excepción a esta regla. La comunidad recibe una ciudad, y ha de trasmitir una ciudad. Siguiendo el princi­pio ante­rior, la comunidad deberá trasmitir la ciudad que ha recibido, con las naturales aportaciones de su paso por ella, manteniendo siempre su función primordial de espacio habitacional. Si, por el contrario, lo que trasmite es un monumento carente de características habitacionales, no cumple con su deber: está negando a las futuras generacio­nes el derecho irrefutable e inalienable al uso de la ciudad como tal y en todas sus potencias.

            Por lo tanto, las Ciudades Patrimonio de la Humanidad han de ser trasmitidas mediante un proceso de continuidad habitacional, realizado de tal forma que no merme su capacidad vital, ni distorsione su función primordial de hábitat.

Una Ciudad Patrimonio de la Humanidad ha de comenzar por ser auténtico Patrimonio de sus habitantes. No puede pensarse en otra situación, porque resultaría risible. Como tal Patrimonio doméstico, ha de servir para remediar en lo posible las carencias de sus moradores, pues mientras el título se lo ha dado su pasado histórico y sus huellas, su continuidad depende de su uso por los ciudadanos de hoy. Del dualismo uso-servicio va a depender una conservación coherentemente planteada, que debe pasar por la considera­ción de que el problema urbano de la ciudad Patrimonio de la Humanidad no difiere del de cualquier otra. Así pues, el factor “Patrimonio de la Humanidad” debe ser considerado como uno más de los que intervienen en el hecho urbano, y por tanto, los organismos implicados en su conservación no deben ser sólo aquellos relacionados con la cultura, como viene ocurriendo tradicionalmente, sino todos aquellos que se ocupan de las infraestructuras, el confort urbano y social, la vivienda, el equipamiento, y, en general, de la totalidad del problema urbano.

            La ciudad Patrimonio de la Humanidad sólo puede conser­varse en el uso consciente de sus potenciales de servicio a la comunidad. Como recoge la Carta de Veracruz, el Centro Representativo tiene los mismos problemas que cualquier ciudad, acrecentados por los que le acarrea su valor simbólico. Por tanto, su tratamiento técnico-económi­co no puede diferir mucho del que se le daría a otra ciudad con problemas.

El auténtico Bien Patrimonial es el que puede ser disfruta­do por toda la comunidad. La privatización de los Bienes Patrimoniales es una dejación de funciones por parte de los Gobiernos, y en el caso de bienes en Ciudades Patrimonio de la Humanidad, por parte,-además,- de los Organismos impli­cados. La arcaica concepción de que los particulares cuidan mejor los contenedores históricos, y la visión de dichos usufructuarios como mecenas y guardianes de bienes socia­les, pertenecen a un pasado de corte paternalista, en el que la apreciación de los elementos del Patrimonio Cultural era propia de una elite.

            En una Ciudad Patrimonio de la Humanidad no es concebible el uso individualizado de contenedores de importancia. Si realmente se interpreta tal Ciudad como Bien Patrimonial de todos los hombres, su usufructo ha de tener carácter social, porque es más la humanidad carente de recursos, – y parte de ella en Ciudades Patrimonio de la Humanidad,- que la sobrada de ellos. Un buen entendimiento del Patrimonio obliga a ese uso en beneficio de los más desfavorecidos.

Una Ciudad Patrimonio de la Humanidad debe servir de ejemplo de gestión comunitaria, de desarrollo social, de acoplamiento de las estructuras pre-industriales con las estructuras industriales, de modelo de desarrollo y de enfoques innovadores de las respuestas a las preguntas que nos hace la Ciudad.  La idea de la pura conserva­ción como vestigio de antiguos esplendores es una condena a muerte.

            La Ciudad Patrimonio de la Humanidad ha de ser el lugar en el que se intente y logre la conjunción y continuidad no traumática entre pasado y futuro. La simple conservación es la negación del tiempo, y, por tanto, una ilusión vana.

Sentados estos principios, conviene hablar de los problemas que producen la gestión y acción de los administradores de la ciudad cuando,-sin duda en actitud positiva,-intervienen sobre ella tanto en el área del planeamiento como en la edificación e infraestructuras. Así mismo, la postura de los administrados, que han elegido una opción política, propiciando la actuación de ésta.

Podemos hacer tres grandes grupos de actitudes-tipo ante las intervenciones en la Ciudad, y básicamente en su Centro Represen­tativo, normal motivo de discordias y contraposición de opinio­nes.

Sin duda habrá posturas intermedias, o, más comúnmente, indefini­das, y muchas posturas que, al no apoyarse en aspectos conceptua­les, se muevan de uno a otro extremo en función de la visión que más le convenza en el momento, o en función de sus intereses inmediatos.

El primero de los tres grandes grupos es el de los conservadores a ultranza.

El segundo, el de los iconoclastas, de indiferencia práctica hacia los vestigios del pasado.

El tercero, y menos común, el de los ponderados, que basan su actitud en el diálogo entre las necesidades, los usos y el espacio.

El conservadurismo a ultranza, procede de diferentes motivos y posturas.Políticamente ha sido actitud propia de las izquierdas, en el pragmatismo de que a corto plazo, las variaciones en la ciudad tienen estadísticamente más detractores que admiradores.

Por otro lado, en una sociedad moderna, es difícil emprender cualquier transformación de importancia que no prometa una rentabilidad capaz de justificarla. Cuando así sucede, la oposición tiene en bandeja el reproche sobre la mala administra­ción de los responsables. Una gran obra de rentabilidad asegurada es, en los países capitalistas, de iniciativa privada, y poco propia, pues, de ser fomentada por una administración de izquierdas.

Como, por otro lado, la Administración quiere intervenir en la ciudad, y necesita actuar sobre ella, aparece la coartada de la conservación de la apariencia, y con ella nacen los monstruos arquitectónicos gestados conservando las fachada y demoliendo los interiores para una nueva edificación. Monstruos que la Adminis­tración aporta o apadrina con su Normativa. Así, la dificultad que en un principio parecía levantarse ante la iniciativa privada, queda eliminada mediante el canon del mantenimiento del aspecto,en un ejercicio de magia: “Aquí no ha pasado nada, pero este edificio residencial se ha convertido en la sede de un Banco de negocios, y el espacio que contenía sus salones, cocinas y dormitorios , se ha transformado en otro que contiene oficinas, despachos y archivos”. El Banco recibe alabanzas por la “conser­vación” del edificio, y la Administración las recibe porque ha “defendido” la edificación, “impidiendo su demolición”, y conservando el aspecto del ámbito urbano.

Otro motivo político de la conservación a ultranza es presentarla como una defensa contra la especulación.Al no poder derribarse edificios, no hay suelo con el que especular en el centro de la ciudad. El ejemplo de Madrid muestra el rotundo fracaso de la medida. De especular con un suelo se pasó a especular rabiosamen­te con un edificio viejo sobre un suelo, alcanzándose precios inverosímiles a velocidades increíbles. El mercado del suelo ha quedado trastocado en Madrid a causa de la medida, y ha servido de pauta para otras ciudades e, incluso, para pueblos de su área metropolitana, dando como resultado una valoración ficticia con unos niveles de costo de suelo que sacan del mercado de la vivienda a un amplísimo sector social. La corrección se producirá sólo si dura lo suficiente la crisis económica que padecemos en estos momentos.

Los monstruos antes citados son también partícipes del fenómeno que atañe a otro de los motivos conservacionistas: la adquisición de “status”. El edificio antiguo, convenientemente arreglado, independientemente de los destrozos tipológicos a los que haya llevado el uso impuesto, es importante soporte de la imagen de una corporación o de un individuo.

Este edificio, inmerso en un entorno acorde, sube en muchos enteros su carácter emblemático.

El caso posiblemente más aberrante en ese intento de valoración, se produce en el norte de España,en Cantabria, con el trasplante de casonas tradicio­nales, piedra a piedra, con sus escudos, emblemas y particulari­dades constructivas locales, para formar una urbanización de lujo.

El significado de las señas culturales de identidad se disfraza o pierde, y siempre se mixtifica.

Un tercer grupo de motivos son personales, y atañen a cultura, etología, y, sobre todo, a la concepción egocéntrica del espacio.

Resulta risible escuchar que algo no debe variarse “porque ha estado así toda la vida”. La confusión entre el “tempo” humano y el “tempo” de la ciudad es muy común y genera una postura que, por irracional, resulta de muy difícil contrarresto. Por ello, también es un buen enganche electoralista para partidos políti­cos, lo que lo relaciona con el primero de los motivos expuestos del conservadurismo .

Dentro de estos motivos podemos incluir la desconfianza hacia las actuaciones del presente, desconfianza,en suma, hacia la sociedad contemporánea y todos sus actores:(el planificador dará unas malas Normas, el arquitecto proyectará un mal edificio, el constructor dará una mala calidad, y las autoridades ciudadanas lo tolerarán todo).Ello hace pensar que lo mejor es evitar que se actúe, o, al menos, que si se actúa, se imite exactamente todo lo edificado, olvidando las exigencias, también sociales, de implantación de infraestructuras y cumplimiento de normativas, y el no despreciable suceso de la industrialización de los materiales junto a la del resto de los procesos productivos contemporáneos.

Hay que considerar también que, aunque existen imposiciones de uso inapropiadas para un determinado contenedor, que obligan a operaciones excesivamente traumáticas debido a las grandes exigencias que conlleva la utilización pretendida, ello no es un obstáculo cuando se persigue la obtención de un “status”, y la Administración está dispuesta a tolerar todo, con tal de respetar básicamente las fachadas, la apariencia, cosa que basta a mucha gente para no sufrir los sobresaltos del cambio. Sobresaltos que, a veces vienen de la necesidad de tomar postura ante lo nuevo. Lo antiguo, lo sancionado por el uso y la costumbre, es de valoración inmediata, porque los referentes están ahí,  admitidos por el colectivo. Lo nuevo significa un juicio de valor, una toma de postura, y ello tiene dificultades para mucha gente, sobre todo en medios sociales en los que existe una cierta “obligación” de conocimiento. El rechazo, basándose en una postura de desprecio de lo nuevo, es una actitud descomprometida.

Gestión de la ciudad

Dentro de la Gestión de los Bienes Patrimoniales, la gestión de un centro o barrio urbano es un caso especial. Y no es un caso especial por su tamaño, sino por la existencia de unos seres humanos que lo habitan y a los que sirve de refugio. El hecho de residir en un barrio o ciudad que tiene características de Bien Patrimonial no es, normalmente, una elección consciente. Esta elección está sólo a la mano de gentes privilegiadas, con capacidad económica y/o funcional para fijar su residencia. El hecho de residir en una de estas ciudades o barrios, que para el turista resulta extraordinariamente atractivo, es, para muchos de sus habitantes, motivo de incomodidad y carestía. Los elementos patrimoniales comprendidos dentro de ese barrio o ciudad no tienen por qué aunar su valor cultural con condiciones de confort, ni, a veces, de habitabilidad. La gestión de un Centro o barrio urbano con carácter de Bien Patrimonial ha de comenzar por el análisis de la población, sus condiciones de vida y sus posibilidades de desarrollo. Porque una ciudad o un barrio sólo tienen razón de ser en función de sus habitantes. El ejemplo que siempre me viene a la memoria es Machu-Pichu. Machu-Pichu es un vestigio arqueológico de primera magnitud, pero no puede decirse que sea una ciudad. Fue ciudad cuando tuvo habitantes, pero ahora es sólo un contenedor vacío. Lo que digo para la ciudad sirve para las edificaciones. Cuando un edificio que se concibió para vivienda se ve convertido en Museo, ha perdido su principal fuente de vida. Ha perdido su capacidad vital y ha desaparecido del  espacio arquitectónico la razón base de su conformación y diseño. Una ciudad calificada o no como Bien Patrimonial no es un conjunto de contenedores hermosos a la vista. Uno de los ejemplos más claros de este aserto lo tenemos en España en el Barrio Antiguo de Cáceres. Hace ya años, una operación municipal tendente a el “embellecimiento y puesta en valor” del Barrio, enterró cables de servicios, iluminó paredes, limpió de hierbabuena las calles empedradas de canto rodado, adecentó las fachadas de casonas en ruinas, y expulsó a los habitantes. Antes de pasar a ser una zona de acogida de las tribus urbanas con mayor carga de segregación, pasó años como ciudad fantasma, como lo que en el fondo y en la forma es: un decorado monumental para uso del turismo. Pero no un barrio. Cuando se plantea el problema de la gestión de una Ciudad o Barrio que tiene la característica de ser un Bien Patrimonial, nos encontramos con dos preguntas básicas: – Cómo conseguir la transmisión al futuro del elemento sin pérdida, sino acrecentamiento, de sus características. – Cómo hacerlo consiguiendo no desplazar a sus habitantes históricos y mejorando el nivel de vida de los mismos. Si nos volcamos hacia un lado, olvidando el otro, nuestra gestión será mala. Y, desde luego, no es fácil la compaginación. La gestión debe apoyarse en un Planeamiento que marque las directrices y objetivos. De hecho, el Gestor debe ser considerado como el Gestor del Plan del Elemento Urbano Patrimonial (EUP), y, según mi experiencia, es altamente beneficioso que haya participado en él, o, al menos, que lo haya conocido en su génesis y haya seguido su desarrollo, porque empaparse de las características y de los objetivos de un Plan tan complejo como suele ser uno de este tipo, consume mucho tiempo y pueden perderse en el estudio muchos matices y producirse fallos de comprensión.

La Nueva Carta de Atenas 2003, que ha redactado la Asociación Europea de Urbanistas , termina con una referencia a la gestión:

El urbanista como gestor urbano, se compromete a:

– Adoptar estilos de dirección estratégica en los procesos de desarrollo espacial en vez de realizar solamente una planificación para atender los requisitos administrativos burocráticos.

– Lograr la eficiencia y efectividad de las propuestas adoptadas, teniendo en cuenta la viabilidad económica y los aspectos medioambientales y sociales de la sostenibilidad.

– Tener en cuenta los principios de la planificación y los fines y objetivos de la Perspectiva de Desarrollo Espacial Europea (ESDP) y otros documentos de política de la Unión Europea (UE) –para adaptar las propuestas locales y regionales a las estrategias y políticas europeas.

– Coordinar los diferentes niveles territoriales y los diferentes sectores para garantizar la colaboración, la implicación y el apoyo de todos los organismos administrativos y autoridades territoriales.

– Estimular las asociaciones entre los sectores público y privado para aumentar las inversiones, crear empleo y conseguir la cohesión social.

– Beneficiarse positivamente de los fondos europeos estimulando la participación de las autoridades locales y regionales en programas y proyectos espaciales cofinanciados por la UE.

– Supervisar la planificación para ajustar los resultados imprevistos, proponer soluciones o acciones y garantizar un lazo de realimentación continua entre la política de la planificación y la aplicación.

Dentro de la Gestión de un EUP, hay aspectos que tocan disciplinas muy diversas, lo que puede resultar apasionante para un Gestor a quien no asusten los retos. El primer aspecto es la relación con los políticos. Si la política del EUP no es sensible a las preguntas que más arriba nos hacíamos, el Gestor podrá, o bien plegarse a las ideas del político de turno, o asegurase un negro porvenir en una lucha que, normalmente, perderá. La mayor bendición para una ciudad es la de tener un político capacitado e inteligente, apto para comprender el problema en toda su magnitud, abierto al diálogo y sin ambiciones inmobiliarias, sociales ni económicas en general. Es decir, una “rara avis”. Como es altamente improbable que el Gestor dependa de una persona de esas características, su habilidad para presentar los problemas, negociar y convencer es su principal baza. Porque las presiones no serán sólo políticas, sino, básicamente, económicas y empujadas por los distintos grupos de presión de la ciudad. Viene aquí al hilo el segundo aspecto que deberá tratarse: la rehabilitación urbana. El planeamiento deberá haber tocado este tema, haber definido áreas homogéneas en las que sea posible trabajar conjuntamente, haber marcado, al menos, unos criterios básicos de actuación. Eso significa que el planeamiento ha estudiado cuidadosamente el espectro socio-económico de todas y cada una de las áreas, con los problemas específicos de cada colectivo, las filias y fobias sociales, el uso de los ámbitos urbanos, la capacidad de asociación, las interdependencias de género, y, en general, todos los aspectos que permiten el conocimiento, al menos en sus grandes líneas, de la población que está dependiendo de decisiones sobre el entorno físico, económico y social. La rehabilitación urbana puede utilizarse de formas muy diversas. Si arrancamos de la más perversa, podemos decir que puede utilizarse para la especulación más salvaje del negocio inmobiliario. Es el caso de Madrid en sus áreas centrales y, en particular, el Barrio de Salamanca. La gran coartada de conservar la fachada y edificar en el interior un inmueble de alto costo, permite sumar al valor de la situación y la construcción el de la venta del status,-valor añadido,- de una fachada antigua, decorada con los medios de la edificación artesanal producida en épocas en la que el bajo nivel salarial permitía la realización de labores necesitadas de un gran número de horas de trabajo. La hipócrita normativa que permite estos edificios blasfemos desde el punto de vista de la Arquitectura, acalla la conciencia de los responsables que piensan,-incluso, a veces, de buena fe,- que están “conservando la ciudad”. Es significativa la persecución de este status por parte de las entidades financieras, en busca de una respetabilidad que, incitando a la confianza, resulte rentable. Esta es, como digo, la forma más perversa de utilizar un Bien Patrimonial, porque resulta rentable a costa de la destrucción del Bien y su sustitución por un producto espurio que reniega de la cultura de su momento. Tras este forma de utilización, viene la que conduce a mejorar el aspecto urbano mediante arreglo y pintura o revoco de fachadas, pavimentaciones de calles, implantación de mobiliario de exterior, -que daría, por sí mismo, para toda una disertación, y, en general, operaciones de maquillaje urbano destinadas a la gente que no vive en el lugar, pero que, hay que reconocerlo, mejoran la autoestima de los residentes. En este proceder se transluce lo efímero de la vida que se le promete a un político. Lo importante es cubrir un gran área en un tiempo que de lugar a una innauguración durante el mandato. Lo que se hace dentro de las viviendas lo ven unos pocos,-muy pocos,- mientras lo que se hace fuera sale al escenario continuado y descarado de la calle. Hacer notar que esas labores, para perdurar, exigen una conservación con la consiguiente partida presupuestaria, es, casi, de mal gusto. Para no alargar mucho la clasificación de actuaciones posibles, hablaremos, por último, de que existe la posibilidad de pensar en el parque edificado como un Patrimonio capaz de ser utilizado, mediante labores de bajo coste, para dar cobijo digno a los habitantes del área, y, al mismo tiempo, propiciar su paso al futuro. Es decir: usar lo existente para ahorrar, en lugar de para especular. Ahí si está comprendido el concepto de Patrimonio. Problema: esta es una labor sorda y poco aparente, lenta, cuidadosa y de escaso relumbrón. Es por eso que esta labor se realiza, normalmente, en países como Cuba, donde, en La Habana Vieja, unos restos construidos son un tesoro, porque significan exactamente lo que antes decíamos: un ahorro en la comparación de partir de cero. Cuando hacíamos el Plan Maestro de La Habana Vieja, una parte del equipo estaba formada por lo que llamamos el Taller de San Isidro, que se ocupó de la regeneración y recuperación de veinte manzanas del sur. Las características del trabajo fueron las dimanantes de un determinado régimen político, pero, en la práctica, la acción resultó modélica al producirse agrupaciones de gentes dispuestas a colaborar en la recuperación de un habitáculo, a cambio de que los demás colaborasen en la recuperación del propio. La acción conjunta, la toma de conciencia de pertenencia a un ámbito y de conformar un grupo social fue una fuerza capaz de acometer una labor casi impensable.

Puede parecer drástico, pero hoy día, y en nuestro medio, Urbanismo es igual a Gestión. El academicismo de unas maneras de hacer, de unas previsiones reflejadas simplemente en unos escritos y unos planos, carecen de futuro sin un motor que las haga marchar y les impida detenerse, venciendo la inercia natural de la ciudad y sus habitantes. Un urbanismo que tocaba sólo lo físico: edificabilidad, ocupación, alturas, trazado de vias, opciones de tráfico, aumento de población, podía predeterminarse. No así un urbanismo capaz de abarcar los problemas de la ciudad toda. Las reacciones ciudadanas ante propuestas que afecten a parte o todo el colectivo exigen cambios de postura, negociaciones, estudio y análisis de alternativas y consecuencias. En suma: gestión. Un gestor urbano ha de tener una curiosidad insaciable. La curiosidad,creo, entra en el ámbito del instinto de conservación, de perpetuación de la especie. La curiosidad que la infancia manifiesta por los congéneres de sexo contrario, se extiende a lo largo de toda la vida. La curiosidad de cualquier ser vivo le permite ampliar el campo de su paleta alimentaria. El gestor urbano no termina nunca de formarse, porque la evolución de costumbres en un mundo de fortísimos condicionantes modales y en el que los medios de comunicación son lo suficientemente poderosos para mover los criterios masivamente, no hay recetas seguras para llevar a puerto una iniciativa por beneficiosa que ésta sea. El gestor urbano,- ya decía antes,- se va a ver condicionado por la política, y sus iniciativas serán tan buenas como poder tengan las fuerzas políticas que las apoyen. Una idea no va a ser juzgada por su bondad, sino por su procedencia. Posiblemente no pueda decirse sobre nuestra sociedad nada más desmoralizador que esto. Hay una anécdota que se ha producido pocos días antes de estar escribiendo estas líneas en la ciudad de Madrid. El gobierno municipal, del PP, propone en un pleno que, al ser necesarias unas obras en una determinada zona urbana, el tráfico se desvíe de una cierta manera. El grupo municipal del PSOE  propone otro desvío que le parece más conveniente. Al final del pleno, un periodista pregunta a IU su opinión al respecto. La contestación es : “Aun no lo hemos estudiado, pero cuando lo estudiemos prpondremos nuestra propia alternativa”. Nada de analizar lo propuesto: es necesario proponer algo distinto. En este caso es IU quien nos hace ver el despropósito, pero la situación serviría para cualquier partido. No obstante, el trabajo hay que hacerlo y para ello es necesario conseguir y elaborar toda la información disponible. Un planeamiento adecuado es una ayuda básica, pero en un Elemento Urbano Patrimonial es necesario empaparse de la Historia, porque en ella está el germen del hoy. Hay fenómenos que no se comprenden sino es a la luz de la historia, y estos fenómenos pueden ser decisivos a la hora de elegir una alternativa. Entendamos que la historia tiene diferentes utilidades, y que aquí no estamos hablando de la historia de lo físico, de los Bienes Muebles e Inmuebles, sino de la historia de la ciudad personificada en los habitantes y en su comportamiento. El itinerario que vamos a seguir hoy comenzará, pues, por la información puntual de un lugar, apoyada con imágenes que nos permitan entrar en ambiente, para, expuestos los problemas y las posibilidades, explorar en lo posible los caminos que debe recorrer la gestión hasta llevar a buen puerto las directrices del planeamiento.

Cuidemos nuestro Patrimonio (y 6)

LOS ELEMENTOS SINGULARES QUE LLAMAMOS MONUMENTOS.-

Dentro de las ciudades, o, a veces, solos en el campo, en lugares en que en otro tiempo existió una comunidad, encontramos edificios o restos de ellos que, por sus características son diferentes de las casas de viviendas normales de la zona. Pueden ser edificios religiosos, o palacios, o lugares pensados par la reunión de muchas personas, o vestigios de acontecimientos científicos o rituales. Sus aspectos pueden ser muy diferentes. A algunos ni siquiera los llamaríamos edificios, porque están formados tan solo por una serie de grandes piedras colocadas en círculos, o por unas construcciones de plataformas y escaleras. Sin embargo, todos tienen en común que son obras a las que los hombres quisieron dar un carácter especial, y crear con ellas un espacio significativo. A estas obras las llamamos Monumentos. Normalmente se diferencian del resto de las edificaciones en su solidez, y en el cuidado que se puso al hacerlas. Ello explica que hayan llegado hasta nosotros, en comparación, muchas más obras monumentales de la antigüedad que viviendas de su misma época Los Monumentos son una parte singular de nuestro Patrimonio Cultural Arquitectónico. Los hombres que los hicieron reflejaron en ellos el pensamiento y las creencias de su época, con más posibilidades y facilidades que aquellos que construyeron viviendas. Por lo tanto, podemos decir que en los Monumentos es más fácil “leer” las ideas de una época. Un Monumento tiene muchos aspectos:  Es un testigo de la Historia Es un ejemplo de un momento del pensamiento artístico, político, religioso, filosófico. Es un símbolo que puede identificar a una nación o un pueblo. Es el resultado tangible de la expresión del poder y la jerarquía en un determinado momento en una determinada Sociedad. La historia está en los Monumentos. Por formar parte de nuestro Patrimonio Cultural tenemos la obligación de trasmitirlos al futuro, y por tanto, hemos de cuidarlos. Pero cuidar un Monumento no consiste en cerrarlo y dejar que sólo pueda entrarse en él como visitante. Por formar parte de nuestro Patrimonio, tenemos el derecho de utilizarlo. No es ya tan sólo por un motivo económico que, como veremos, también existe, sino porque un espacio destinado a ser utilizado por el hombre pierde su significado si sacamos al hombre de él. Hay muchos Monumentos convertidos en museos. Son edificios que fueron pensados para que la gente viviera dentro. Al sacarles la vida de la gente, los matamos. No hay duda que algunos Monumentos, con características especiales, pueden servir para exponer la vida y el arte de su época, y al convertirlos en Museo se realiza una labor útil a la comunidad. Pero los casos son muy poco abundantes, y, sin embargo, son muchísimos los Monumentos a los que se ha dado tal uso. Según ha pensado y piensa mucha de la gente encargada del cuidado de los Monumentos, un edificio de este tipo es como una pintura o una escultura: sólo para mirar. Pero la Arquitectura no tiene explicación si el hombre no la vive. A igual que la ciudad, que carece de sentido sin sus habitantes. Un Monumento no puede ser un edificio muerto. Tiene que ser capaza de mantenerse como cualquier otro edificio. Si a un monumento se le trata como a un inválido, instalando en él actividades que no atraen a la gente, el edificio nunca estará cuidado. Nunca habrá dinero para repararlo y mantenerlo en buen estado, y acabará en ruinas, o bien será necesario,- cuando ya el peligro sea inminente y llame la atención de la comunidad,- emplear una gran suma de dinero en repararlo, para que recomience el proceso y años más tarde haya de ser reparado de nuevo, volviendo a utilizar sumas de dinero que podrían haber sido ahorradas con un correcto mantenimiento que hubiera sido posible mediante el uso  correcto del edificio. Esto sucede con muchos monumentos en todo el mundo, y el motivo es que hay mucha gene que piensa que estas edificaciones sólo pueden utilizarse como lugares en los que se desarrollen actividades intelectuales culturales o religiosas. Sin duda, en un país con muy pocos Monumentos, sería posible que la comunidad los mantuviese y los cuidase dedicándolos a actividades muy especiales, e incluso utilizándolos pocas veces al año. Pero hay muchos países en los que los Monumentos son tan abundantes, que la comunidad carece de dinero para cuidarlos a todos. Un Monumento que no tenga uso o que tenga un uso, como apuntábamos antes, que no atraiga a la gente, es un Bien Patrimonial que tiene muy pocas posibilidades de ser transmitido al futuro. Es necesario que usemos nuestros Monumentos. Para ello deberíamos estudiarlos, explorar sus posibilidades, y encontrar cual es la mejor aplicación de sus espacios, a la vista de las necesidades de la comunidad. Muchas de estas necesidades, – entre las que s encuentra la falta de viviendas,- obligan a gastar mucho dinero construyendo nuevos edificios para cumplir funciones que podrían ser resueltas en edificaciones monumentales que tenemos sin uso o en uso deficitario. No es verdad que para respetar un Monumento hay que darle un uso cultural. Hay que darle un uso noble, y ninguno tan noble como cualquiera al servicio de la comunidad. Una de las principales obligaciones del gobierno de un país es, precisamente, la sensata administración de los Bienes Patrimoniales. Una política tendente al empleo sensato del Patrimonio Arquitectónico significa no sólo la salvación del mismo, sino un importante ahorro de caudales públicos.

Hay que hablar otra vez de equívocos, como cuando nos referíamos a los pueblos abandonados. La gente, que, bajo capa de salvar un Monumento, lo utiliza en su provecho. Un monumento tiene un prestigio por lo que representa como símbolo de cultura, de poder, o, simplemente por su singularidad, por ser diferente del resto de las edificaciones de la ciudad. Hay gente que quiere aprovechar este prestigio para sus negocios, para que este prestigio sea la “cara”, la apariencia de su negocio. Pero incluso admitiendo que asía habría par el Monumento una posibilidad de supervivencia, aunque fuese utilizado sólo por unos pocos, lo que no es admisible es que en las transformaciones necesarias para su nuevo uso se respeten sólo los aspectos formales. – otra vez la forma,- que, cara a la gente, dan ese buscado prestigio a la edificación. Se ha convertido en práctica corriente, por ejemplo, respetar la fachada y tirar el resto del edificio para hacer uno nuevo. Con ello se conserva el aspecto, se rentabiliza el prestigio, y, además, se presume de haber salvado el Monumento. Esto es una gran mentira, y la Sociedad que lo admite es una Sociedad inculta. Un edificio tiene una fachada, más o menos ornamentada, para cerrar un espacio. La forma, los huecos, la disposición de esa fachada están totalmente relacionados con lo que sucede dentro del edificio. Hay una situación y forma de escaleras, una disposición de habitaciones que forman un espacio interior que es el que define la Arquitectura del Monumento. Si tuviera que buscar un ejemplo, diría que conservar la fachada y tirar el resto para construir otra cosa, es equivalente a vaciar un huevo y rellenar luego la cáscara con miel. Podrá ser rico de sabor, pero no es un huevo, aunque lo parezca. Ante este ejemplo, alguien podría preguntar: ¿Y si el huevo está podrido? Pues bien: recuperar un edificio consiste en conseguir, mediante la técnica, que deje de “estar podrido” y pase a ser “comestible”. No consiste en vaciarlo y rellenarlo de otra cosa. Otro falaz sistema de utilización,- que no de uso,- de un Monumento es trasladarlo, entero o en parte, a otro lugar. Hay gentes que compran escudos y columnas par ponerlos en las casas que construyen, o, incluso, compran un edificio entero para trasladarlo a un terreno propio. Es fácil imaginar el engaño que esto representa para el futuro. Por otra parte, y desde un punto de vista histórico, un edificio tiene siempre unos motivos para estar situado donde está. Se relaciona con la trama urbana, con la forma del terreno y su inclinación, con la orientación, con los edificios del entorno y con el paisaje circundante. Al arrancarle del lugar, pierde todas estas relaciones, y, al mismo tiempo, gran parte de su significado. El Monumento merece un respeto profundo. No se puede mistificar, ni desarraigar, ni condenarlo a la indigencia y al estado de depender de una caridad administrativa. En el respeto a los elementos singulares que llamamos Monumentos, mostramos nuestro respeto a nuestro pasado y nuestra historia, pero también decidimos si queremos que el futuro nos respete.

¿QUÉ PODEMOS HACER?

Podemos defender los árboles  plantas, no maltratándolos e impidiendo que los demás los maltraten. Podemos defender a los animales, no cazándolos ni matándolos, y convenciendo a los demás que la matanza gratuita de unos seres vivos es un instinto perverso que no sólo no beneficia a nadie, sino que daña a  todos. Podemos protestar colectivamente con las comunidades de las que formemos parte, contra la contaminación de nuestro medio ambiente, contra la falta de uso y conservación de nuestros Monumentos, contra la alteración del tejido urbano de nuestras áreas históricas. Podemos protestar de igual manera contra la mala utilización de cualquier aspecto de nuestro Patrimonio, contra los falsos “edificios antiguos”, contra la conservación de las fachadas derribando los edificios, contra el traslado de columnas, escudos, medallones, a sitio distinto del que originalmente ocuparon. Tenemos la obligación de profundizar sobre los Bienes Patrimoniales de nuestro entorno, de nuestro barrio, de nuestro pueblo, de nuestra ciudad, para así comprender el significado de estos bienes en otros lugares, en otros pueblos, y tener conciencia de que todos juntos forman el Patrimonio del mundo. Podemos contar a los demás lo que aprendamos sobre nuestro Patrimonio, e informarles de la importancia de conservarlo y transmitirlo. Y podemos, sobre todo, formarnos e informarnos, estudiar nuestra cultura, considerarnos cada uno como guardián responsable de ese Patrimonio, y actuar en su defensa   en la medida de nuestras fuerzas. Porque sólo de nosotros depende la visión que el futuro tenga de nuestros tiempos.

Cuidemos nuestro Patrimonio (5)

LA CASA.-

La casa es el espacio en el que se cobija el hombre. Ocupa, en el tejido urbano, espacios que dejan entre sí las calles y las plazas. El hombre, en las distintas épocas, ha hecho la casa según sus necesidades y sus posibilidades. Es decir, que, utilizando los medios económicos y los conocimientos y materiales que tenían en cada momento, ha intentado hacer una casa que le solucionara sus necesidades lo mejor posible. A lo largo de la historia, los hombres más poderosos han tenido casas mejores, más grandes, más calientes en invierno y frescas en verano, más sólidas, y los menos poderosos, casas peores. Como durante muchos años no ha existido una técnica que solucionara los problemas del frío y el calor, los hombres que vivieron y viven esos problemas, estudiaron las formas más adecuadas para solucionarlos colocando y disponiendo sus casas de la  manera más favorable. Utilizaron, de entre los materiales que disponían, los que mejor podían servir para sus propósitos, o, si los materiales eran muy pocos,  estudiaron la mejor manera de colocarlos para defenderse del sol, del agua, del frío, o de los ataques de los animales o de otros hombres. Esto sucedió, -y en algunos casos aún sucede,- en distintas zonas del mundo, con distintos climas, distintos materiales y distintos problemas. Si unimos a ello que diferentes comunidades se dedicaban a diferentes actividades básicas, -la pesca, la ganadería, la agricultura, la minería, – veremos que existen muchísimas variedades de casas en lo que llamamos Arquitectura Popular. Basta pensar las combinaciones que pueden hacerse con climas, materiales, actividades, creencias religiosas, problemas de defensa, etc., para darnos cuenta de la infinidad de tipos de casas posibles. Todas estas circunstancias que influyen en la forma, disposición y aspecto de una serie de casas construidas en una misma zona o zonas semejantes, nos sirven para estudiarlas y definir su Tipología. Llamamos tipología al estudio de los Tipos. Desde ese punto de vista, esas casas, esos conjuntos de casas, esos tipos de casas, forman parte de nuestro Patrimonio Cultural, y, en particular, de nuestro Patrimonio Arquitectónico. Y hay que volver a hablar ahora de la Revolución Industrial. Hasta que ésta se produce, los materiales y las formas de construcción de esta arquitectura popular, aunque fueron perfeccionándose y afinándose con la experiencia, no variaron mucho a través de los siglos. Por eso, durante ciento de años, las casas que forman parte de un conjunto se parecen entre si, y muchas de ella, construidas con muchos años de diferencia, parecen prácticamente iguales. Al comenzar a utilizarse nuevos materiales, y al comenzar a existir fábricas que envían sus productos constructivos a distintas zonas muy distantes, el aspecto de las casas varía y se va haciendo uniforme. Por otro lado, la técnica resuelve problemas utilizando sistemas que cambian el aspecto de la casa tradicional. Cuando materiales y técnica consiguen que la casa sea más barata y confortable que utilizando los sistemas  antiguos, los hombres usan los sistemas nuevos, y las casas dejan de parecerse a las de antes para parecerse entre sí, produciendo nuevos tipos que ya no tienen tanto que ver con las zonas en las que están construidas, porque los productos industriales, como decíamos antes, llegan a todos los lugares, y la técnica resuelve problemas que antes sólo resolvía una determinada orientación o un específico material. Este cambio de apariencia entre las construcciones anteriores y posteriores a la Revolución Industrial ha originado desde el momento en el que la  Sociedad  comienza a interesarse por los problemas de la conservación del Patrimonio Arquitectónico, múltiples controversias. Y ello, porque ha habido tendencia a preferir que la forma, la expresión, triunfe sobre el concepto del comportamiento humano, de la etología. La constante en el comportamiento del hombre en relación con su cobijo, a lo largo del espacio y el tiempo, ha sido la utilización de los materiales mejores, más próximos y más baratos para aplicar a cada problema constructivo. El resultado, depurado por el paso del tiempo y las diversas pruebas, -la experiencia de la que hablábamos antes , –  ha sido la aparición de los Tipos. Hoy día, el habitante de los suburbios de las ciudades, el que realiza la arquitectura sin arquitectos de las periferias, sigue la constante de comportamiento. Los materiales mejore, más próximos y más baratos para aplicar a cada problema constructivo: el bloque de cemento, la techumbre de fibrocemento, las viguetas prefabricadas, las bovedillas de serie, las carpinterías estándar de madera para puertas, y de aluminio o hierro para ventanas. El resultado, un poblado uniforme que, cuando el clima es parecido, es difícil, si prescindimos de letreros, saber si el lugar es Barcelona, Tenerife, Puebla, Palermo o San Juan de Puerto Rico. El concepto se mantiene. Cambia  la forma. Ello es motivo, decía, de controversia en cuanto a cómo conservar las áreas históricas. Si imitando a lo antiguo, o construyendo las nuevas intervenciones según el hacer de nuestros días.

Analicemos qué significa la postura conservadora:

¿ Qué podemos decir a favor?

– Que construyendo como Antes. PARECERÁ que todo el conjunto es     antiguo.

– Que no habrá edificios que DESENTONEN con el resto.

¿Qué podemos decir en contra?

– Que los edificios así construidos serán mentira, porque no corresponden a nuestra época.

– Que, normalmente serán más caros, porque la industrialización nos ha servido para abaratar costes, y ello forma también parte de nuestro Patrimonio Cultural.

– Que a lo largo de la historia el hombre ha ido dando fe de su época y creando para sus sucesores el Patrimonio cultural que correspondía a su tiempo. Si no hubiera sido así, hubiera sido imposible la existencia de los distintos estilos artísticos, de las distintas filosofías, de las distintas corrientes de pensamiento.

– Que tratar de una forma tan diferente a la normal a los Conjuntos Históricos es apartarlos de la vida actual a que tienen derecho.

– Que la Revolución Industrial es tan importante dentro del Patrimonio Cultural como cualquier otro suceso histórico de primera magnitud. Si aceptamos el cambio que el Descubrimiento de América produjo en al arquitectura americana, tenemos que aceptar los cambios que la Revolución Industrial ha de promover en los Conjuntos Históricos. Lo que significa que ello se a disculpa para destruir un solo elemento de estos Conjuntos a favor de una sustitución puramente funcional o económica.

– Y, finalmente, que no tenemos derecho a transmitir un Patrimonio Cultural falso a nuestros sucesores.

¿Qué hacer entonces? Por una parte, recurrir al Urbanismo, a la planificación, al estudio cuidadoso de las características del conjunto y del verdadero valor de sus  tipos. Por otra, recurrir a la técnica para salvar y conservar todo aquello que sea posible, respetando al máximo las huellas históricas, sin destruir nada que tenga mínimas posibilidades de ser rescatado. Y pensar que lo único que puede unir las edificaciones de épocas distintas es la calidad. La calidad en el proyecto, en la ejecución, en los materiales, en su disposición. La calidad del estudio realizado antes de construir la casa o planear su rehabilitación. A esos modelos que el paso de los siglos ha depurado, y que han llegado hasta nosotros porque fueron los mejor construidos de cada época, el arquitecto de hoy ha de emularlos con sabiduría, sensibilidad y claro concepto de su labor, contestando con sinceridad la pregunta que le hace ese espacio en este tiempo.

Cuidemos nuestro Patrimonio (4)

¿QUÉ ES EL URBANISMO?

El Urbanismo es una ciencia que estudia las necesidades del hombre para vivir en comunidad, y procura resolverlas por medios técnicos, siguiendo unas ideas políticas.

Hay una idea equivocada al decir que el urbanismo estudia la ciudad. No. No hay ciudad sin hombres que la habiten. Sería absurdo construir calles y casas para que no viviese nadie en ellas.

Las leyes urbanísticas de una ciudad harán que los hombres que forman esa ciudad vivan mejor o peor. Harán que todos tengan unas buenas condiciones de vida, o que, por el contrario haya grandes diferencias entre unos y otros. El urbanismo tiene mucho que ver con la política, y, sobre todo, con los sistemas políticos. Dependiendo de lo que el sistema político piense con respecto a la igualdad entre los hombres, así será su legislación urbanística.

Sin embargo existen trabas importantes que impiden la aplicación exacta de las teorías. El hecho de que el suelo valga mucho dinero y que la comunidad no tenga control sobre el mismo, impide en múltiples casos hacer un buen urbanismo. Pongamos un ejemplo. Si tenemos una zona de la ciudad en la que vive mucha gente, serán necesarios espacios para que esta gente salga de sus casas a tomar el sol, pasear, hacer deporte, para que saque  a los niños a jugar, es decir, para no mantener encerrados a los habitantes del área en un mundo muy poco grato. Si esos espacios no existen, porque la ciudad creció ,- ( porque así lo permitieron los que tenían autoridad sobre la ciudad),- sin prever esas necesidades, el primer problema con el que nos encontramos es el de hallar un terreno para hacer un parque, unas zonas deportivas, y, en genera, unos espacios libres que permitan actividades colectivas. Supongamos que ese terreno existe en las proximidades de nuestra zona. Se habla con los propietarios, y se compra el suelo por uno de los sistemas que prevé la  Ley. El dinero que se paga a estos propietarios es dinero de todos los habitantes de la ciudad, es decir, que toda la ciudad ha colaborado en la mejora de vida de los habitantes de nuestra área. Al hacer el parque, usando también dinero de todos los habitantes de la ciudad, habrá casas que queden en su borde, y cuyas ventanas, en lugar de estar abiertas a ventanas de las casas de enfrente, se abrirán al espacio vacío, con plantas, agua y pájaros. Estas casas inmediatamente pasarán a valer más dinero, porque son mejores que las demás, y la vida en ellas puede ser más agradable. Si alguien derriba su casa al borde del parque, seguramente le dejarán hacer en su lugar otra mucho más alta, porque en la legislación de las ciudades es común que la altura de las casas tenga relación con el espacio libre que hay frente a ellas, es decir, que cuanto más espacio libre tenga por delante, más alta pueda ser. Un suelo es más caro cuanto mayor sea el número de pisos que se puedan construir sobre él. Por lo tanto, los dueños de las casas que quedaron al borde del parque han ganado dinero sin ningún trabajo, y a causa de unas labores que se han hecho con el dinero de toda la ciudad. Parece que lo lógico sería que el dinero lo ganase la comunidad completa que pagó por hacer el parque. Y aquí influye definitivamente la idea política que predomine en el país, de la gente que gobierne el país. Ellos, con su legislación, serán los que decidan quién y en que porcentaje gana ese dinero logrado con el uso de los impuestos pagados por todos. Decíamos antes que el Urbanismo resuelve los problemas por medios técnicos, y, por tanto, es lógico que los técnicos hagan el planeamiento. Estos técnicos son los urbanistas, arquitectos, economistas, abogados, ingenieros, geógrafos, sociólogos, antropólogos, etólogos, pero estos técnicos no pueden trabajar sin la información,  la opinión y los conocimientos de los habitantes de la zona en la que se va a realizar el plan. Hay cosas que sólo pueden intentarse resolver mediante los conocimientos que los técnicos poseen, pero los habitantes tienen derecho a emitir su opinión sobre cada uno de los asuntos que se traten, ya que ellos son los que van a disfrutar o sufrir los resultados, según que éstos sean buenos o malos. Y conviene aclarar que el ciudadano tiene la obligación de formarse e informarse para opinar de forma coherente y responsable. Si no procede así es fácil que sea manipulado por asociaciones u organizaciones más interesadas en un triunfo político o económico que en un correcto planeamiento urbano.

LA CIUDAD.-

Una ciudad es el lugar en el que vive una comunidad, cuyos componentes pueden ser de muy distintos tipos, pero a los que el espacio y el tiempo han reunido en determinado punto en el transcurso de sus vidas. El hombre vive en ciudades desde hace muchos años, y las ciudades, como es lógico, tienen las características dominantes de los hombres que las han vivido y que las viven. Las ciudades que nos han llegado son el resultado de una serie de elementos e ideas con los que los hombres han jugado a lo largo de la historia. La ciudad es, por lo tanto, parte de nuestro Patrimonio Cultural El hombre hizo o transformó ciudades de acuerdo con su situación en su momento histórico. Ciudades para defenderse, en sitios poco accesibles, con murallas y fosos, ciudades para comerciar, con amplias zonas abiertas para colocar los mercados, y fáciles formas de llegar a ella, ciudades para  gobernar, con defensas, palacios y templos. Ciudades más modestas para vivir cultivando los campos, trabajando en las minas o pescando en el mar. A lo largo del tiempo, estas ciudades evolucionaron y se desarrollaron, y cuando cambiaron sus condiciones y las murallas dejaron de ser necesarias, o no hubo más mina que explotar, el aspecto de estas ciudades cambió, y sus murallas, o parte de ellas, sus avenidas, mercados, palacios y templos, quedaron cono un recuerdo de su historia. Algunos de estos recuerdos han llegado hasta nosotros, y son componentes de nuestro Patrimonio Urbanístico y Arquitectónico. Sin embargo, estos recuerdos no son sólo el testimonio de cosas que ocurrieron, sino que condicionan de cierta forma el lugar. Si distintas ciudades tienen aspectos distintos, es, precisamente, porque su origen, historia y vicisitudes han sido diferentes. Cada una de estas ciudades necesita hoy día un tratamiento urbanístico específico, que respete su carácter especial sin desconectarla de los problemas actuales de su territorio.

A la disposición, situación, tamaño y forma de las calles y de los terrenos que quedan entre ellas le llamamos “tejido urbano”, o “trama urbana”. Si deshacemos esa trama abriendo nuevas calles, ensanchando las existentes y variando los volúmenes, estamos destruyendo restos históricos. Estamos destruyendo el más importante, que es ese tejido urbano que, independientemente de las casas, nos está contando la vida de la ciudad. Por dos motivos de los que antes hablábamos, -el tráfico automovilístico y el alto valor del suelo del centro,- se han destruido gran cantidad de ciudades  del mundo. Hemos perdido una gran parte de nuestro Patrimonio Urbanístico y Arquitectónico. Hemos creado, si, un nuevo Patrimonio, pero al hacerlo no hemos pensado en el futuro, porque los que vengan después podrán saber cómo fuimos nosotros, pero no sabrán como fueron nuestros antepasados comunes. La ciudad, que antes de esas intervenciones se leía como un libro, habrá dejado de entenderse. Nos quedan aún algunas ciudades, algunos pueblos, algunos barrios, que, por distintos motivos, han sido respetados. Muchos de ellos están enfermos, casi abandonados, otros sobrehabitados. Otros, con más fuerza, logran vivir plenamente. Es necesario salvar a todos. Hemos gastado ya demasiados bienes patrimoniales para que podamos derrochar los que nos quedan. Son bienes que tenemos la obligación de  transmitir al futuro. La ciudad no es más bonita, ni se vive mejor en ella, porque tenga amplias avenidas llenas de automóviles. La ciudad es mejor si es auténtica, si refleja su historia, si es propiedad material y  espiritual del hombre que la habita.

La ciudad siempre es mejor, como es lógico, si está hecha para el bienestar de sus habitantes en lugar de estar formada para el beneficio de unos pocos, olvidando a los demás.

A veces hay situaciones que pueden equivocar. Una de las más corrientes y engañosas es la que se produce cuando existe un barrio o un pueblo abandonado y sus casas son adquiridas por gentes con dinero suficiente como para convertir la zona en un barrio residencial. A primera vista, la solución parece buena, ya que esta gente cuidará las calles y las casas, y el barrio o pueblo abandonado se conservará. Pero la verdad es que lo que se conservará no será ni el pueblo ni el barrio, sino su aspecto. Hay que recordar lo que decíamos más atrás: la ciudad es la gente. Aquel barrio o pueblo nació y se desarrolló con gentes de muchos tipos, que nació, murió y trabajó en él. Cada uno de ellos, con su oficio y su trabajo, sirvió a los demás. Acogió a los forasteros independientemente de su riqueza o su pobreza, y los forasteros prosperaron o declinaron allí, con los medios y las limitaciones del lugar. Sus casas, más o menos ricas, respondieron a sus necesidades de vida y se construyeron con materiales de la zona y con las técnicas conocidas en su momento, respetando las ideas vigentes. En una palabra: un lugar auténtico. Al convertirlo en zona residencial de lujo, los habitantes son todos forasteros, su vida no depende del barrio. Allí sólo pueden vivir los que tengan dinero suficiente para ello. Nadie trabaja para sus vecinos, y, probablemente, nadie ejerce su trabajo allí. Las cosas pasan a tener un valor simbólico, ya que la posesión de una casa en la zona significa riqueza. Nadie va a nacer o morir en el pueblo o el barrio a no ser por accidente o muerte repentina.

Y, sobre todo, si otro barrio o pueblo se pone de moda, cualquiera de los habitantes, que no está atado por nada al lugar, venderá su casa haciendo un buen negocio, y se trasladará. En resumen: el lugar no es auténtico. El barrio, aparentemente vivo, está muerto. Cuando en lugar de un barrio es un pueblo, que en su mayoría sólo se ocupa los fines de semana y las vacaciones, esta muerte se ve más claramente. Cuando una parte de nuestro Patrimonio Urbano se utiliza de esta forma, se está desperdiciando. Para que un lugar histórico pueda conservarse, hay que darle vida. Vida auténtica, tal y como la de cualquier otro lugar al día de hoy. No es la primera vez a lo largo de la historia que es necesario repoblar,- volver a introducir habitantes.- en una ciudad o barrio abandonado. El sistema seguido ha sido, habitualmente, gentes de todas clases y oficios que no vivían a gusto en el lugar en el que estaban. Una especie de colonización. A esas gentes se les ha dado casas y tierras, y ellos han desarrollado una nueva vida auténtica, con todos los problemas y relaciones que la vida de los seres humanos conlleva. Pienso que no sería demasiado difícil encontrar estos colonos para los barrios abandonados, ni tampoco lo sería para tantos pueblos históricos, si se les dotara de los elementos necesarios par que la gente pudiera ganar allí su vida, educar a sus hijos, y formarse a sí mismos. La tecnología, que es siempre, como Patrimonio Cultural, un arma de primera magnitud en su buen uso, podría permitir hoy un proceso de colonización de esos pueblos perdidos mediante el empleo de las comunicaciones. Y ello sería el aprovechamiento de un tremendo potencial económico que nuestro Patrimonio Cultural pone a nuestra disposición y que nuestra Cultura no aprovecha.

Esto es Urbanismo, y, como decíamos, depende de la política del país. En un país democrático depende, por tanto, de los habitantes del país. Si esos habitantes quieren salvar su Patrimonio, si tienen conciencia de su obligación de transmitirlo, el Patrimonio se salvará. Sino, sólo quedará su rastro en los libros de historia

Cuidemos nuestro Patrimonio (3)

SEGUNDA PARTE.- EL PATRIMONIO URBANÍSTICO Y ARQUITECTÓNICO

En la primera parte hemos hablado del Patrimonio en general. Esta segunda parte se refiere a un pedazo de nuestro Patrimonio Cultural situado en nuestros pueblos y ciudades.

Es el conjunto que forman los antiguos barrios y casas.

Hablamos en particular de él porque es, posiblemente y dentro del Patrimonio Cultural, el que más se ha destruido y se destruye cada día, y, por tanto, el que necesita mayor defensa.

¿Por qué se destruye?

Los motivos son muy simples. Hace años, antes que la técnica de la construcción hubiese avanzado tanto como ahora, los edificios se hacía de poca altura. (Había excepciones, como siempre sucede, pero vamos a referirnos a la mayoría.)  Las ciudades, – también comúnmente,- no estaban tan pobladas como hoy; no hacía falta grandes casas para albergar a tanta gente.

Tampoco había automóviles, y el tráfico no era un problema grave. Las calles no necesitaban ser muy anchas, (  por el contrario, algunas se hacían extremadamente estrechas para protegerse del sol y defenderse mejor de los invasores) ,  y las ciudades podían recorrerse a pie.

Pero hay un momento de la historia en que empiezan a varias las cosas, y con ellas, el modo de vida de mucha gente. Conocemos este momento como el Inicio de la Revolución Industrial.

El hombre ha llegado a dominar en gran parte la técnica del trabajo del metal y de las aleaciones metálicas, y ello le posibilita la construcción de máquinas, cada vez más complicadas y eficaces. El descubrimiento inmediato es que la aplicación de estas máquinas a la fabricación de múltiples objetos, significa un espectacular aumento de producción con respecto a la elaboración artesanal, y este aumento significa más cosas que vender, y, por tanto, mayor movimiento de dinero y más beneficio.

El lugar en el que se producen esos objetos es la fábrica y con ella aparece un nuevo oficio: el obrero fabril. En un principio, este obrero, -y muchos de ellos son mujeres y niños, porque se conforman con menos sueldo,- está muy mal pagado, y vive en muy malas condiciones cerca de la fábrica, que es la base de su sustento. De todas maneras, estas fábricas significan una posibilidad de trabajo que atrae a la gente más pobre de los campos, que acuden en masa a la población en busca de empleo. Comienza un fenómeno que dura hasta nuestros días, y que consiste en el abandono del campo por la ciudad.

Con estos sucesos y circunstancias, la ciudad crece, y, al crecer, tiene más importancia,- y. Por lo tanto, cuesta más dinero,- vivir en el centro o cerca del centro. El terreno del centro de la ciudad sube de precio.

Al mismo tiempo, comienza a desarrollarse la técnica de la construcción en altura. Se avanza en el conocimiento y la construcción de las estructuras metálicas, se implanta la tecnología del hormigón armado, y las casas pueden ser más altas. Así, en un mismo trozo de terreno, puede vivir más gente.

Cuando aparece el automóvil, muchas ciudades ensanchan sus calles para facilitar el tráfico.

Si pensamos en los efectos que todo esto produce,  nos daremos cuenta que uno de ellos es el derribo de muchas casas antiguas, otro, la modificación de muchas calles, y en general, la realización de una nueva parte de la ciudad.

Las casas, sin duda, como las personas, los animales o las plantas, tienen un tiempo de vida, y cuando ya son muy viejas y no cumplen su función, es necesario sustituirlas por otras. Eso es natural, pero las cosas no suceden de una forma tan simple. Normalmente, el motivo por el que se han derribado las casas antiguas del centro de las ciudades ha sido el dinero. Si alguien derriba una casa antigua de poca altura, y las leyes de la ciudad permiten construir en su lugar otra mucho más alta, el que derribó la vieja casa y construyó la nueva ganará más dinero, porque habrá más gente que venga a vivir a este lugar, y, por tanto, serán más los pisos que se vendan o alquilen. Pero el que venga más gente significará más automóviles y más humos de calefacción, mayor gasto de agua y electricidad, y mayores cantidades de basura y aguas sucias que evacuar.

Si imaginamos ahora que, en lugar de una sola casa nueva sustituyendo a la vieja, son muchas nuevas casas las que se construyen, veremos que los problemas mencionados se hacen mucho más graves, que se necesitan sitios especiales para estacionar los automóviles, y que es necesario agrandar las tuberías y los cables de los servicios, par que pueda abastecerse toda esa gente que llegó.

Este es uno de los caminos de destrucción de las zonas  antiguas de nuestras ciudades, pero hay otros que también son comunes. Al crecer la ciudad, el viejo centro se hace incómodo, y la gente que tiene posibilidades económicas lo abandona para irse a vivir a zonas nuevas, con grandes avenidas, o a urbanizaciones fuera de la ciudad, en espacios más amplios.

En el centro queda la gente que no tiene posibilidad de desplazarse a sitios más caros, y mientras que en ocasiones  el centro queda casi desierto, en otras,  por el contrario,  al decaer de tal forma que sus casas pierden el valor, se ve convertido en refugio de las clases sociales más pobres, que se hacinan en él. Afortunadamente, en algunos casos de suerte se consigue un equilibrio de centro habitado y próspero, pero, tristemente, son los menos.

Y en último camino de destrucción,- por no hacer el tema excesivamente largo,- es la conversión del centro antiguo en área comercial, desplazando a los residentes y llegando a formar  un barrio que vive tan sólo en las horas de comercio, muriendo cada día con el cierre de los mismos. El centro es atractivo para este uso porque, normalmente, es por definición el punto más “céntrico” para la mayor parte de los habitantes de la ciudad, es decir, el sitio al que le es más fácil ir, -y. por lo tanto, adquirir mercancías,- a mayor cantidad de gente. La destrucción es doble, porque, por u lado, al expulsar a  los habitantes, el centro pierde su característica principal, que es la de servir de lugar de residencia de los hombres, continuando la Historia, y por otro, porque el comercio necesita fachadas y escaparates que no existen en los edificios de vivienda, y ello obliga a abrir grandes huecos, modificar la situación de las escaleras, reforzar y variar la estructura, y, en general, a deshacer unos modelos de casas que podrían haberse aprovechado continuando su función primitiva.

No hay que pensar con esto que todo lo antiguo es bueno y todo lo actual es malo. En absoluto. No se trata de eso. Lo que sucede es que, a partir de la consolidación de la Revolución Industrial, las ciudades, que estaban realizadas a la escala del hombre, pasan a realizarse a la escala de automóvil, en función del tráfico, y por su aumento de superficie, en función de valores puramente económicos y del intento de obtener dinero aún en perjuicio de la comunidad.

Cuando las cosas que  se hacen para el hombre no se miden por las necesidades del hombre, sino aprovechándose de estas necesidades, esas cosas son malas.